Prologo

 

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Serina Xeide, una modesta estrella desplazándose por el borde más distante de una galaxia espiral. Un quieto remanso en el tejido espacio-temporal, lejos del agitado vórtice del centro galáctico y mucho más lejos todavía de las zonas de atracción, donde colosales mareas de energía oscura retorcían y desgarraban los mismísimos cimientos de la realidad.

Un solo planeta gira en torno a Serina Xeide y su nombre es Mihevelen. El mundo entero es un enorme y frío océano, salvo por un puñado de pequeñas islas esparcidas sobre su superficie como cuentas de un collar roto; escarpados promontorios azotados por la tempestad, donde no crece ni la menor brizna de vegetación.

Allí llegan los karafaros macho al final de sus vidas. Pesadas criaturas que se arrastran por el fondo del mar comiendo los excrementos y cadáveres del resto de los organismos marinos que habitan en el planeta. Carroñeros y coprófagos, los últimos y despreciados integrantes de las cadenas alimentarias de cualquier ecosistema.

Pero allí, en Mihevelen, los karafaros habían domesticado a otras especies para asegurar su alimento, habían usado el calor de las fuentes hidrotermales para forjar herramientas, y habían escavado castillos y ciudades en la piedra. Todos trabajaban con ahínco, en las granjas, en las industrias, en las oficinas, porque su mayor satisfacción era contribuir al bienestar de sus clanes. Eran un pueblo infatigable y altruista. Y cuando ya lo habían dado todo, cuando eran viejos y no eran más que una carga para los demás, abandonaban sus magníficos edificios de mármol y sus campos de coral, ascendiendo las empinadas quebradas submarinas hasta alcanzar el techo del océano.

Todos saben que cruzando esa frontera ya no hay vuelta atrás. Los karafaros pueden vivir fuera del agua, pero una vez que suben, el cambio en sus órganos respiratorios es irreversible. Ya no pueden volver al mar y quedan confinados en el reducido espacio de aquellos atolones rocosos donde no hay nada que pueda servirles de sustento.

A pesar de ello ninguno rehúye el llamado. En un islote cualquiera una veintena de karafaros desafía la tempestad y con torpeza remontan paso a paso la pendiente, siguiendo un estrecho sendero esculpido en la roca por las miles y miles de generaciones que los han precedido.  Mientras tanto, de lo profundo de sus gargantas surge una melodía grave y retumbante. De todos ellos al mismo tiempo. Cantan mientras marchan hacia la muerte.

Ella también entona el singular réquiem. Es una de los karafaros. Se reconoce a sí misma como uno entre mil millones de fragmentos de una conciencia en fuga que ha venido a usurpar el cuerpo de una de esas patéticas criaturas, habitantes de un mundo casi olvidado. Ella también está muriendo, cada vez menos capaz de contener la fuerza que amenaza con disolver los últimos restos de su mermada identidad. Sabe que es una lucha que está condenada a perder y no tiene miedo. Era una extraña coincidencia que sus últimos momentos los tuviera que compartir con seres que han aceptado un desenlace parecido. La extinción como algo necesario para que otros puedan continuar el camino.

Porque los karafaros macho no pretenden morir por nada, lo intuye. Hace unos instantes conocía precisamente el sentido de aquella procesión, pero ha perdido ya la comunicación con sus centros de memoria y no lo puede recordar. Tiene que conformarse con la certeza de que todo aquello tiene un propósito, aunque ya no pueda discernirlo. Otra pequeña victoria de la entropía que viene por fin a reclamar aquello que por tanto tiempo le fue negado.

Así que se concentra en dar el siguiente paso mientras la lluvia golpea con fuerza las placas calcáreas que forman su exoesqueleto. Solo tiene que levantar sus extremidades delanteras, empujarse con las traseras, y ya está. Su vientre se desliza sobre la tierra mojada, dejando una huella que pronto es borrada por la lluvia. Se siente cansada. El camino que ha recorrido este karafaro desde las profundidades abisales ha sido largo y extenuante, casi tanto como aquel que le ha traído a ella desde las fronteras del universo. Tanto esfuerzo, tanto ingenio, tanta lucha, tanta muerte. Muy poco de aquello le queda ahora, en su última travesía. Los recuerdos se olvidan, las imágenes se oscurecen, los motivos ancestrales se desvanecen.

Alguna vez ella había sido la inteligencia más poderosa que haya existido jamás. Su dominio se había extendido a lo largo de la inmensidad del universo y de las eras. Había conquistado imperios de mil galaxias y de sus ruinas había levantado nuevos reinos cuyos señores y súbditos, todos ellos, se inclinaban ante la excelsitud de su presencia. Todo era como debía ser y como había sido profetizado. Pero entonces, sin saber cómo, en un instante tan insignificante como cualquier otro, hizo lo único que le estaba prohibido y, así, se había condenado a sí misma.

Sin embargo, en su profunda sabiduría, había previsto esa circunstancia y había hecho los arreglos para que una nueva soberana estuviera preparada para ascender al trono apenas ella rompiera sus votos. Y aquí estaba ahora, exiliada en un lejano y oscuro rincón de sus antiguos dominios, esperando el final de su existencia. Pero todavía no. Falta poco, sí, pero aún queda una última tarea que llevar a cabo.

El sendero culmina en una meseta plana que se extiende hacia el acantilado y la tormenta. Allí los demás karafaros se adelantan hasta el borde del precipicio. Ella era la última en llegar y el canto se mantuvo hasta que ocupó su lugar entre los demás. Entonces hubo silencio y pudo contemplar la escena que se extendía bajo la intermitente luminosidad de los relámpagos que estallaban en la distancia.

Bajo ella enormes olas surcaban la superficie del mar y rompían estruendosamente contra las rocas. Más allá, el mar se extendía hacia una vasta muralla de tormenta, cada vez más lejos. Pero de las entrañas mismas del torbellino surgían innumerables puntos luminosos y que lenta, pero inexorablemente, iban sorteando la marejada y acortando la distancia que los separaba de aquellos que aguardaban en lo alto.

Lo recordó de pronto, porque alguna vez lo había sabido. Eran las hembras. Gelatinosas masas de protoplasma flotando gracias a una pequeña bolsa de gas sobre sus lomos. Carecían de caparazón y sus miembros no eran más que largos apéndices retráctiles colgando de sus costados. Sus cerebros eran pequeños, pero podían entrelazarse a través de terminales nerviosas en sus tentáculos. El resultado, cadenas y redes que a veces, en un día claro de mar quieto, podían alcanzar tamaños tan grandes como la distancia entre horizontes opuestos. Una sola mente, capaz entonces de comprender hasta los más intrincados misterios del universo.

Ellas eran las audaces navegantes de un océano inmenso. Ellos, en cambio, debían vivir en las sombras, reptando sobre senderos dibujados en el fango. Dos mundos distintos separados por una muralla de diferencias de presión y temperatura, y que podía ser franqueada una única vez. Entonces por fin podían contemplarse, las ellas y los ellos, al final, justo antes de cumplir con el instinto fundamental de todo ser vivo; reproducirse.

Los karafaros macho volvieron a entonar su himno con renovado entusiasmo. Ella se sumó a lo que se había convertido en una estruendosa cacofonía que se alzaba por sobre el rugir del viento y del trueno. Al mismo tiempo, y sin siquiera pensar en impedirlo, dejó que su ser fuera sacudido por los efectos del torrente de hormonas que estaba siendo liberado en sus fluidos internos.

Por supuesto la carne lo sabía mucho antes que la mente. El momento había llegado y nada más importaba. Solo concluir aquel sublime propósito que le había traído hasta allí. Comenzó a temblar, sacudida por una sensación de indescifrable gozo que surgía de algún lugar justo en el medio de su espalda. Algo se removía en sus entrañas y pujaba contra las paredes de su tórax, hacía arriba, intentando liberarse y emerger a través de las duras escamas de su lomo. Sea lo que fuese estaba desgarrando sus órganos y abriendo sus arterias, dejándole solo unos últimos instantes de conciencia.

Ya no había donde más ir. Cuando el karafaro muriera ya no le quedaría donde más refugiarse y también ella se desvanecería. Era el final de todos los finales que le había tocado presenciar.

Con sus últimas fuerzas dobló el cuello. A su lado vio como de las espaldas de sus compañeros había brotado un ramillete de trémulos filamentos ensangrentados y en cuyas puntas se abrían unos capullos de los que se derramaba un fino polvo plateado. El viento iba en la dirección correcta y llevaría la simiente hasta las hembras que aguardaban rodeando la isla. Ellas también habían venido de lejos y solo podía esperar que fueran capaces de apreciar la trágica belleza de aquel sacrificio.

El canto de sus compañeros se apagaba y también el suyo propio, aunque algunos intentaban realizar un último esfuerzo entonando lo más alto y fuerte que sus moribundas gargantas se lo permitieran. Un efímero monumento a la persistencia de la vida, que era el único tipo de trascendencia a la que podían aspirar.

Entonces finalmente lo comprendió. En un último instante de sublime revelación pudo contemplar la enorme tragedia de su destino. Si, había fallado, pero no ahora, al final, como había creído un rato antes mientras subía la pendiente. Había sido al principio, casi en el origen mismo de todas las cosas. Miles de millones de años atrás había hecho una elección y solo ahora comprendía la magnitud de su error. Si, se había equivocado y moriría por ello. Pero no solo ella, sino que todos los moradores del universo pagarían el precio de su inconcebible ceguera.

Si tan solo pudiera volver a levantarse, volver a reclamar el trono que tan ligeramente había cedido. O si tan solo le fuera permitido presentarse ante su sucesora y convencerla de lo ingenuo de sus pretensiones. Pero no, ya era demasiado tarde. Bajo ella se abre un enorme abismo de oscuridad al tiempo que el exánime cuerpo del karafaro macho se desploma por el acantilado al encuentro de las afiladas rocas que lo esperan abajo.

El nombre del mundo no importa. Es uno más entre los millones de mundos dispersos en la galaxia. En una galaxia entre billones que flotan a la deriva en un inconmensurable océano de espacio-tiempo. Y ella, ella es solo un retazo de existencia que se desvanece en un fugaz remolino de entropía.

 

 

Image credit: NASA/Ames/JPL-Caltech

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El Último Horizonte de la Noche por Rodrigo Juri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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