Rodrigo Juri

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Saudage y Ciencia Ficción

Tenía diez años cuando me compré mi primer libro de ciencia ficción. Lo sé porque escribí mi nombre y la fecha en la primera página, cosa que seguí haciendo por mucho tiempo cada vez que un nuevo tomo ingresaba a mi biblioteca. Ya no lo hago; ese ritual ha quedado reservado solo para aquellos libros que realmente son significativos, como uno con dedicatorias y firmas de varios escritores de renombre. El camino que me llevó desde aquel primer libro hasta este último es algo de lo que quiero contarles en esta serie de artículos, pero eso solo pretende ser una excusa para exponer sobre mi experiencia personal y lo que he aprendido de lo que es la ciencia ficción. No les aburriré con definiciones académicas y análisis literario, aunque probablemente habrá algo de ello: Cuando digo que quiero hablar de la ciencia ficción no es sobre las novelas y cuentos sino sobre las personas, o mejor dicho, la comunidad.

Tampoco es que yo sea un agente activo de dicha comunidad, quiero dejarlo claro. El caso fue que en un momento de mi vida, y gracias a una serie de improbables casualidades, tuve la oportunidad de conocer íntimamente el proceso de preparación y realización de una Convención Mundial de Ciencia Ficción (Worldcon) y a través de ello cumplir mi sueño de compartir con algunos de aquellos hombres y mujeres que desde mi más temprana adolescencia se habían convertido en mis ídolos. Tal como la mayoría de mis compañeros de clase, quienes habrían hecho lo imposible por conocer a roqueros como Eddie Van Halen o Roger Waters, lo mío eran escritores como Isaac Asimov, Ursula le Guin o Arthur Clarke.

Como para muchos de mi generación de aficionados la culpa de todo la tuvo George Lukas. Star Wars fue un verdadero terremoto cultural en su momento y la mejor prueba es que no debe haber nadie de quienes lean estas palabras que no reconozcan símbolos asociados a la saga. Si yo les digo que hoy mismo la ciencia ficción está librando una dura batalla contra el lado oscuro, todos entenderán lo que quiero decir. Algunos pensarán que no fue para tanto, pero se equivocan: No estuvieron ahí con los ojos de un niño pequeño, peleándose con sus amigos por quién iba a ser Luke o Darth Vader, esperando ansioso por meses y años el siguiente capítulo de la trilogía.

Aquello que para la mayoría deben ser dulces recuerdos de infancia para mí se convirtió en una misión, una búsqueda con la que todavía me encuentro comprometido. Y es que, escondida en un rincón de la biblioteca de mis abuelos, había dos o tres repisas dedicadas exclusivamente a la ciencia ficción. Allí, en mis recuerdos, puedo volver a maravillarme con las fantásticas portadas de la revista Más Allá y los intrigantes números de la colección Nebulae. Ese particular descubrimiento tuvo como consecuencia no solo convertirme en un consagrado amante de la ciencia ficción sino que, además, definió los cimientos de lo que es mi entendimiento de ella. Es de esta forma que accedí a las ideas y propósitos de la ciencia ficción casi en el mismo orden en que evolucionaron realmente. En efecto, pude leer a Asimov, Bradbury y Heinlein, antes que a Ellison, le Guin y Silverberg, y ellos a su vez, antes que a Gibson, Scott Card o Simmons. Como lo expresaría un marxista, me tocó vivir cada revolución y cada reacción sufridas en la evolución del movimiento dentro de mí mismo. Eso hizo que hoy me reconozca como un aficionado de concepciones ortodoxas. Para mí es John W. Campbell quien establece los límites ideológicos de la ciencia ficción a partir de elementos relacionados, pero no totalmente cohesionados (Wells por un lado, Hugo Gernsback y Amazing por otro, etc.) y, a partir de ellos, se desarrollará la historia de la ciencia ficción en términos de la construcción del discurso, de los estilos narrativos y la importancia relativa de los distintos elementos estructurales del relato (universo, personaje, argumento). Si bien hoy la ciencia ficción es muy distinta de lo que se hacía en los tiempos de Campbell, hay una continuidad en el flujo de las ideas desde entonces hasta la actualidad que no se puede desconocer.

Volviendo entonces a ese primer libro que adquirí allá por 1982; a esta altura no debe sorprender que lo que me llevé de la librería fue “Selección I”, una antología de Isaac Asimov cuyo título original es “Early Asimov” y que corresponde a los primeros cuentos escritos por el buen doctor, en plena era campbelliana. Diré que no son los mejores cuentos de Asimov y algunos son francamente mediocres, pero lo que cabe destacar en esta antología es que antes de cada cuento el autor narra el contexto y el proceso que condujo a la escritura del mismo. Fue allí donde, por primera vez, me di cuenta que la ciencia ficción era algo más que producción literaria, que detrás habían personas de carne y hueso que interactuaban entre sí y que le daban al género un carácter de movimiento.

Gay and Joe Haldeman

Junto a Joe Haldeman y su esposa Gay Haldeman, 2007.

Un tiempo después llegó a mis manos Lo Mejor de Fantasy and Science Fiction Magazine, una antología dedicada a los 25 años de la revista. Allí nuevamente varios autores explicaban las circunstancias que habían llevado a la elaboración de las distintas contribuciones. Una de las reseñas (escrita por Asimov) describía el ambiente distendido y fraternal de las Worldcon, donde simples aficionados podían sentarse a conversar con los escritores a quienes admiraban. Es natural que a esa edad me haya sentido impresionado por esa posibilidad. Pero incluso entonces percibía aquello como algo demasiado lejano, algo que pertenecía a un universo paralelo, algo que estaba totalmente fuera de las posibilidades de un hijo de profesores en un país tercermundista con un gobierno dictatorial. Y de pronto, casi sin darme cuenta, la globalización me alcanzó y el mundo entero estuvo a mi alcance y, sin que siquiera me lo propusiera, un día me encontré como miembro del comité organizador de una Wordlcon. Y estuve sentado en torno a una mesa compartiendo cervezas o un café con Bob Silverberg o Joe Haldeman, por nombrar a algunos, y fue casi tal como lo había descrito Asimov: distendido y fraternal. Como para creer que la vida siempre te dará la oportunidad de cumplir tus sueños, aunque ellos sean de una naturaleza absolutamente intrincada y exótica.

Lamentablemente Asimov ya no estaba con nosotros como para haberle dado las gracias por haber inspirado en mí un anhelo que tuve la suerte de poder satisfacer. Tampoco estaba Heinlein, ni Clarke, ni tantos otros, pero eso será tema de un artículo posterior. Por ahora tan solo saludar a todos los lectores, escritores y editores de ciencia ficción, comunidad a la que todos aquí de alguna forma pertenecemos. Hasta la próxima.

Santiago, 2015

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en “Puerto de Escape“.
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