¿Ficción Pura o Ficción Alegórica?

Sin duda las dos figuras centrales de la literatura fantástica del siglo XX fueron C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien. Ambos eran amigos, pero mantuvieron prolongadas disputas intelectuales a lo largo de los años. Primero, porque Lewis era protestante y Tolkien era católico. Y segundo, porque el primero era un defensor del uso de la alegoría explicita en el arte, mientras que el segundo despreciaba aquella práctica.

Podemos entender la intención alegórica como el propósito del autor de denunciar, explicar o promover un elemento contingente a la realidad, usualmente con carga ideológica, que escapa al universo ficticio presentado, pero al que se hace referencia implícita a lo largo de toda la obra.

El propio Lewis señala:
“El Sobrino del Mago relata la Creación y cómo el mal entró en Narnia. El León etc. (la crucifixión y resurrección, el príncipe Caspian) el restablecimiento de la religión verdadera después de una corrupción. El Caballo y su Muchacho (la llamada y la conversión del pagano, el viaje la vida espiritual). La Silla de Plata (la guerra continua contra los poderes de la oscuridad, la última batalla), la venida del Anticristo (el simio). El fin del mundo y el juicio final.”

En la otra trinchera estaba Tolkien, quien indica que:
“Detesto cordialmente la alegoría en todas sus manifestaciones, y desde que fui lo bastante mayor y cauteloso, como para detectar su presencia, siempre lo he hecho. Prefiero la historia, real o ficticia, con sus múltiples referencias, para el pensamiento y la práctica de los lectores. Creo que muchos confunden “aplicabilidad” con “alegoría”; pero la primera reside en la libertad del lector, y la segunda en una intención de dominar por parte del autor”

Según Lewis la forma correcta de interpretar su obra es a la luz del Evangelio. Según Tolkien el lector debiera ser libre de interpretar la obra como quiera, y si solo quiere encontrar en ella un cuento de hadas infantil, es absolutamente legítimo.
Según Lewis el autor tiene derecho a usar la ficción para intentar convencer al lector sobre cierta contingencia. Según Tolkien el escritor debe abstenerse de hacer uso de la ficción para propósitos que escapen a aquellos explícitamente declarados al lector.

Para unos lo que hace Tolkien es escapismo. Para otros lo que hace Lewis es proselitismo.

Por supuesto que esta disputa se ha replicado innumerables veces en la literatura general (por ejemplo, “La Granja de los Animales” de Orwell es evidentemente alegórica), y también en la fantasía y la ciencia ficción. Tomemos dos obras maestras del género; Dune, de Frank Herbert, donde no hay ninguna alegoría evidente (a menos que lo interpretemos como una apología al fundamentalismo religioso, pero como Tolkien dice, sería nuestra decisión individual hacerlo así), y “Los Desposeidos”, de Ursula Le Guin, donde existe un claro mensaje ideológico de carácter político.

Por supuesto uno puede apelar a la libertad creativa del autor para ubicarse en cualquiera de estas dos posiciones, o cualquier gris entre medio. Pero, ¿qué piensan como lectores de fantasía y ciencia ficción? ¿Debemos aplaudir el que una obra de ficción tome partido en una contingencia (y por favor, pónganse en el caso de que esa posición sea la contraria a la que ustedes sostienen), o, al contrario, debemos promover la neutralidad, volviendo a esa especie de género aséptico que fue tan predominante en la Edad de Oro de Campbell?

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