Capítulo 3

3

 

Atardecía y una brisa suave soplaba del oeste, dispersando las nubes y desnudando un cielo teñido de rojo. Era un cambio agradable después del insoportable calor y la enceguecedora claridad del pleno día esmeraldino.

A sus pies dormitaba Massimo, sobre unos cartones y cubierto por una manta sucia y deshilachada en los bordes.

—¿Mass? —lo llamó. Necesitaba levantarse, pero sus piernas se habían convertido en la almohada del niño.

—¿Señor?

Massimo se volteó frotándose los ojos.

—Permiso.

—¿A dónde va? —le preguntó mientras se movía con dificultad.

—Voy a buscar comida.

—¿Puedo ir con usted? —inquirió y Joel pudo ver aprensión en su mirada.

—Puede ser peligroso —contestó él—. Pero no te preocupes que volveré y cenaremos juntos.

No estaba mintiendo en sus intenciones pues ya se había encariñado con el muchacho. Massimo había perdido a sus padres por la plaga, y ya entendía que sería su responsabilidad cuidar de él mientras buscaba a alguien en mejores condiciones para hacerlo. Era una esperanza vana y lo sabía. Probablemente nadie iba a querer hacerse cargo de un chiquillo lisiado y desnutrido, pero tampoco iba a rendirse sin intentarlo.

—Entiendo —dijo Massimo con una mueca de decepción.

Joel se incorporó alisando con las manos su arrugada vestimenta. Se la habían dado los aalekhi y estaba hecha de un polímero inteligente que era capaz de responder a ese tipo de instrucciones. También podía aprovechar la humedad de la atmósfera para lavarse sola.

—No en serio, Mass. Volveré. Tranquilo. Nos encontramos acá en un par de horas. ¿Es un trato? —ofreció él estirando su mano.

Él se la estrechó con reticencia.

—Un trato —respondió.

Con el pecho apretado se alejó del niño, internándose en las ahora penumbrosas callejuelas de la ciudad.

 

Ya había estado en el Centro de Ayuda en dos ocasiones anteriores y sí, podía ser peligroso. En la explanada que había frente al complejo se reunían miles de desposeídos ansiosos por conseguir alguno de los paquetes de provisiones que unos drones lanzaban desde lo alto. Había empujones y peleas. Algunos caían y eran pisoteados por una multitud que solo tenía ojos para ver lo que venía desde arriba.

La entrega ocurría siempre cada quince horas, aunque mucho rato antes ya había gente esperando. Joel también llegó temprano y supo que habría problemas en cuanto vio policías apostados en lo alto de los terraplenes que rodeaban la explanada, al costado norte de la calzada que conducía a Puerto Paraíso.

El Centro mismo estaba rodeado por una muralla de concreto que nacía en un promontorio rocoso y describía un arco alrededor de la playa. Dentro del perímetro había un edificio de varios pisos apoyado contra las rocas, y en la orilla, un gran domo transparente se sumergía en las aguas del lago König.

Se abrió paso en medio de la muchedumbre hasta llegar frente a las enormes puertas de metal, donde solían caer la mayor parte de los víveres. Era más alto y fornido que la mayoría, así que pocos se atrevían a interponerse. Pero en esta ocasión tuvo que esforzarse todavía menos; había claros y la gente no estaba tan apretujada. Se percibía la tensión en el ambiente.

Tuvo que preguntar y alguien le explicó que unas horas antes la policía habían localizado y matado a uno de los líderes de la Mara Omega en Esmeralda. Nunca antes había oído el nombre de esa organización, pero más tarde, hurgando en la red local, descubrió que la Mara había tenido una importante participación en la resistencia durante la ocupación xenebos. Cuando el enemigo se fue, se transformaron en un movimiento político radical que en breves años había tomado el poder en la mitad de las colonias y asentamientos humanos que habían sobrevivido a la guerra. Su jefe máximo, un enigmático personaje llamado Leonard Hiranandani, incluso reclamaba para sí el título de Presidente de la Humanidad.

También pudo averiguar que Esmeralda era gobernada por un Consejo Administrativo, cuyos integrantes eran todos terratenientes, banqueros o mercaderes, y que ni siquiera vivían en la superficie, sino que en las estaciones espaciales que orbitaban el planeta. Naturalmente veían a la Mara como una amenaza y consideraban a sus miembros como criminales que debían ser perseguidos, encarcelados y, a veces, ejecutados. Asuntos que a Joel no le interesaban mucho, ya que sabía que no importaba quien tuviera el poder, la inmensa mayoría de la gente seguiría sumida en la miseria, intentando sobrevivir, y arrebatándose el pan de la boca los unos a los otros. El hecho, pensó, es que la humanidad entera estaba jodida y pasarían siglos, o milenios incluso, antes de que pudieran volver a tener algo parecido a lo que habían perdido. Y solo parecido, porque había mucho que nunca, jamás, se podría recuperar.

De pronto escuchó gritos y al volverse vio a un grupo de agitadores levantando banderas de distintos colores, pero siempre con la omega dibujada en el medio. Comenzaron a vociferar consignas y a entonar cánticos que hablaban de revolución y de lucha contra los opresores. Supo en ese momento que los énendar no vendrían y que estaba metido en un problema.

Trató de alejarse, pero ya era tarde. Las fuerzas de seguridad arremetieron desde su posición en lo alto de los terraplenes, lanzando gas lacrimógeno y golpeando con sus porras. Los manifestantes respondieron con bombas incendiarias. Hubo disparos. La multitud entró en pánico y de pronto se vio arrastrado por ella, corriendo y empujando a otros para evitar ser aplastado. La turba de la que era parte comenzó a remontar la avenida principal.

Tenía que salir de ahí.

El problema era su implante y todos los demás artefactos eléctricos que había en su cuerpo. Ellos podían ser de gran ayuda en una batalla, cuando tenía escudos de energía oscura para protegerse de las balas, los plasmas y, sobre todo, de la interferencia electromagnética que era uno de los recursos favoritos de los policías antimotines. Pero allí no tenía nada de aquello. Un pulso EM no era mortal en sí mismo, pero en su caso, como su implante cortical estaba conectado a la mayoría de sus nervios motores, lo dejaría paralizado por un buen rato. Si eso ocurría en medio de una estampida humana, podía darse por muerto de todas formas.

Su única opción era el lago, así que intentó torcer hacia un costado. Pero era imposible; la gente continuaba llevándolo hacia el frente sin que sus manotazos hicieran la diferencia. Entonces hubo un poderoso estallido y un vehículo blindado de la policía voló por los aires, junto con los cuerpos de varios oficiales. La multitud se detuvo un instante. Era su única oportunidad. Se lanzó con todas sus fuerzas contra la muralla humana que se interponía entre él y una callejuela lateral. Logró su propósito justo antes de oír rápidas ráfagas de metralla. Era la policía que había decidido vengar a sus caídos. Eso se iba a convertir en una masacre.

El borde lacustre era pedregoso y pudo correr con facilidad. Solo se detuvo cuando estuvo a pasos de la orilla. Se dio vuelta y se arrojó boca abajo. Levantando la cabeza pudo ver a unos pocos que habían decidido hacer lo mismo él, pero más allá todo estaba oculto por una densa humareda. Utilizando los sensores para visión infrarroja y el aumento que poseían sus ojos modificados pudo distinguir todavía a una gran cantidad de personas atrapadas en la avenida, pero delante de ellos avanzaba un piquete de individuos que iban abriéndose paso entre las fuerzas policiacas. Disparaban descargas de plasma, como evidenciaban los brillantes destellos de energía.

Fue entonces que ocurrió. El poderoso pulso activó microscópicos interruptores distribuidos en su interior y que detuvieron instantáneamente el funcionamiento de su implante y de todos sus componentes cibernéticos. Su mente fue separada de toda alimentación sensorial y su conciencia quedó suspendida, flotando en un océano de silencio y oscuridad.

 

*          *          *

 

Venían en la segunda oleada. Adelante el cuerpo principal de la flota ya había abierto fuego contra las unidades enemigas que orbitaban Alpetragio, la luna principal de Arzachel. El espacio alrededor del pequeño satélite estaba iluminado con los estallidos fugaces del plasma golpeando contra los escudos de energía. De vez en cuando una explosión de mayor magnitud anunciaba que alguna nave había sido alcanzada. Vio a uno de los cruceros humanos reventar de esa forma; una espectacular llamarada que en breves instantes se desvaneció en el vacío. Tuvo que esforzarse por seguir creyendo que sería un triunfo fácil.

Él y sus compañeros de pelotón, incluyendo a Hervic y Johansson, observaban las escenas de la batalla, suministradas a través sus implantes, mientras esperaban el momento de entrar en acción, sentados en uno de los transportes blindados y con sus armaduras de asalto. El propio Owada había ofrecido a sus hombres para llevar a cabo una maniobra de distracción mientras el resto del esfuerzo bélico ese concentraba en el cuerpo principal de la flota enemiga. Para ello desembarcarían en Arzachel mismo y atacarían el campamento donde los xenebos habían concentrado a los mawam. El objetivo carecía de importancia estratégica, pero si tenían éxito quizás obligarían al enemigo a desviar algunas fuerzas para recuperar la posición, debilitando sus defensas donde de veras importaba. Sin embargo, los generales a cargo de la ofensiva, en vista del celo con que los xenebos respondían ante a cualquier asunto que involucrara a los mawam, apostaban a generar una verdadera división en el enemigo. Probablemente ni siquiera habían considerado el hecho de que, si tenían razón, los hombres que estarían allí abajo se verían enfrentados a fuerzas inmensamente superiores. Eran un pequeño señuelo, pero con el que el alto mando esperaba atraer a un verdadero leviatán desde las profundidades espaciales.

—Es un maldito —le dijo Denisse cuando se habían enterado de sus órdenes—. Ustedes harán el trabajo sucio y él se llevará los honores.

Y si no, pensó, al menos se habría vengado por haberle quitado a Denisse. Como fuera, Owada salía ganando.

—Un verdadero hijo de puta —concordó.

Por eso la fragata Keegan junto a dos naves similares se habían separado de los demás refuerzos y se dirigieron al planeta. Cuando estuvieron cerca pequeñas baterías orbitales enemigas comenzaron a disparar, pero sus descargas fueron desviadas por los escudos. Las fragatas humanas desplegaron centenares de pequeños robots kamikaze que se precipitaron hacia las baterías, sorteando las maniobras defensivas del enemigo hasta impactar de lleno contra sus objetivos que estallaron en pedazos. Sus compañeros aplaudieron, manifestación a la que se unió con entusiasmo. Sabía que esas unidades suicidas eran dirigidas por la teniente Koivula.

Ahora el paso estaba libre y las naves ajustaron su trayectoria para iniciar el desembarco, atravesando las capas superiores de la atmósfera en medio de un inquietante traqueteo.

—Listos para desacoplar —anunció Owada a través de los implantes—. En mi marca, cinco, cuatro, tres, dos, uno.

Un chirrido sordo y se encontraron separados de su nave madre, en caída libre hacia la superficie. Los generadores anti-G funcionaron perfectamente, y a pesar de que deberían estar siendo sometidos a una intensa desaceleración, apenas si notaron alguna incomodidad cuando se encendieron los motores de frenado. Más arriba la Keegan volvía a ganar altura y pronto escaparía de regreso al espacio exterior, donde se ubicaría en órbita geoestacionaria, coordinando desde arriba las operaciones de sus efectivos en la superficie.

—Suerte, Joel —le dijo Denisse en una transmisión privada.

—Para ti también —le contestó sintiéndose un poco torpe. Quisiera haber podido decirle algo más apropiado en ese momento.

—Estaré cuidándote —indicó ella.

—Lo sé.

Momentos después el transporte hizo tierra con un estruendo y una fuerte sacudida. Las luces parpadearon un instante y luego hubo silencio. Se incorporaron y se ordenaron en fila frente a la compuerta.

—Revisen sus armas y enciendan sus escudos —solicitó Denisse, hablándoles a todos en tono neutro.

Joel hizo lo que se le pedía, activando los microgeneradores distribuidos bajo las placas de su blindaje, los que a su vez desplegaron el campo de fuerza alrededor suyo. Por un momento todo lo que había afuera se vio difuso, pero su implante pronto realizó las correcciones necesarias.

Sus compañeros alrededor habían hecho lo mismo y ahora estaban rodeados por una tenue capa de aspecto líquido, transparente, con un débil resplandor azul. El escudo era capaz de desviar el impacto de descargas energéticas de mediana intensidad, como las que producían los fusiles de plasma y las pistolas láser. Por otro lado, poseía innumerables microagujeros de gusano que lo atravesaban y le permitían mantenerse comunicado con el resto de la unidad y con la fragata espacial. Tecnología aalekhi, recordó.

—Listo —transmitió. Otro lo imitaron.

—Prepárense para desembarcar. No hay presencia enemiga en el entorno inmediato —explicó la mujer. En efecto, ella sería sus verdaderos ojos y oídos durante el resto de la operación, su hada madrina que velaría por todos desde lo alto.

La compuerta posterior se abrió y salieron de uno en uno. Joel fue el cuarto y se unió a los demás que esperaban a un lado del transporte. Allí pudo observar a su alrededor y contemplar el apabullante paisaje nocturno de Arzachel a la luz de coloridas auroras que serpenteaban en lo alto. Estaban parados en una llanura que descendía suavemente hasta rematar contra unas portentosas murallas de roca, llenas de grietas y fisuras por los que caían impresionantes cascadas, y que sumaban su caudal a un torrentoso río que discurría hacia la derecha perdiéndose de vista entre valles escarpados.

Del otro lado se extendía una planicie cubierta de una especie de hierba amarillenta y sembrada de protuberancias, como agujas, que sobresalían de la llana superficie.

—Mira —le transmitió Johansson, apuntando hacia arriba con un dedo.

Una cola de fuego atravesó el cielo, perdiéndose detrás de los acantilados. Luego, un fugaz resplandor en la distancia.

—Lamento decirles que perdimos al pelotón Bravo de la fragata Spencer por fuego antiaéreo —explicó la voz de Denisse después de unos breves momentos.

Los escudos le impedían ver el rostro de sus compañeros, pero el silencio que siguió a la noticia era suficiente para saber que todos estaban sobrecogidos. Podrían haber sido ellos, lo sabían. Al final era una cuestión de suerte y donde en nada importaban las habilidades propias o las de sus superiores inmediatos. Simplemente le había tocado al pelotón Bravo como podría haberle tocado a cualquiera. De pronto fue invadido por una sensación de pesimismo e impotencia.

Mientras intentaba recuperar su ánimo apareció un mapa frente a sus ojos. Era transparente y de líneas rojizas, con puntos dorados mostrando la ubicación de las distintas unidades desplegadas en la zona. Una flecha blanca parpadeante indicaba la posición del objetivo.

—Tomando control remoto del pelotón en mi marca —anunció Denisse luego de unos momentos—. Tres, dos, uno.

Una breve sensación de vértigo y nada más. El implante seguía retransmitiendo la información de sus sentidos hacia su cerebro, por lo que podía ver y escuchar lo que pasaba a su alrededor, pero ya no era dueño de su cuerpo. Intentó levantar su brazo, solo para estar seguro, y no pudo lograrlo. En cambio, una de sus piernas fue hacia adelante y la otra la siguió, sin que se lo propusiera. Se puso en camino, al igual que sus compañeros, pero no era él quien dirigía sus pasos.

Detrás, un pequeño ejército de androides y drones salió de sus compartimientos en los costados del transporte y se desplegó alrededor del grupo. Algunos de ellos partieron lejos, corriendo o volando, intentando ubicar a los xenebos o asegurar posiciones ventajosas.

Siguieron adelante. Al principio lentamente, como probando los sistemas, pero pronto empezaron a correr, usando al máximo la potencia y capacidades de los servomecanismos incluidos en sus armaduras que les permitían desarrollar velocidades imposibles si hubieran tenido que hacerlo por sí mismos. Ahora sí que eran una verdadera unidad de combate, todos ellos, hombres y máquinas, perfectamente sincronizados y dirigidos por las inteligencias artificiales a bordo de la Keegan, las que a su vez eran supervisadas por Denisse y su equipo. Todos los recursos de la nave, y los de la flota entera, estaban ahora al servicio de la operación. Volvió a sentirse confiado. Todo estaría bien. Muy pronto estaría de regreso con Denisse y celebrarían la victoria haciendo el amor hasta quedar exhaustos.

 

Enfrentaban una elevación del terreno, detrás del cual había explosiones. Algunos androides habían encontrado resistencia y se estaba librando un ruidoso combate.

—Interrupción inminente — les anunció Denisse de improviso.

Un instante después se encontró de nuevo en control de su propio cuerpo, y aunque los sistemas locales seguían funcionando, no había contacto alguno con la Keegan. De todas formas, había alcanzado a recibir un reporte final indicando que un destructor enemigo había sido alcanzado con cabezas nucleares, armas lentas pero capaces de sobrecargar escudos energéticos, y el pulso electromagnético generado como consecuencia era el responsable de la interrupción. Todo estaba en orden, no había de que preocuparse.

¿Por qué era necesario incluir seres humanos de verdad en una operación como esa, si de todas formas iban a ser manejados a distancia como cualquier robot? Precisamente por eso, se dijo. Porque en las batallas espaciales no solo se combatía en el plano material, sino que también en el virtual. El enemigo podía intervenir los sistemas, o bloquear las comunicaciones. Más de dos siglos atrás, durante la guerra entre Marte y la Luna, ya había quedado claro que la victoria podía llegar a depender de la posibilidad de tomar decisiones en terreno, cuando todo lo demás había fallado.

—Aquí sargento mayor Hervic —saludó el líder del pelotón transmitiendo a través de sus implantes, —Tomando el mando.

Hervic dio instrucciones para que un par de efectivos se preocupara de coordinar el despliegue de los robots, mientras que el resto montaría un asalto contra la posición fija del enemigo. Envío a otros dos para que los flanquearan por el costado izquierdo, y a Joel junto con Johansson para que hicieran lo mismo por la derecha. Hervic, a su vez, subiría a lo alto de la colina que era el sitio ideal para supervisar la arremetida.

Joel y su compañero avanzaron hacia donde se les había ordenado, rodeando la colina y manteniéndose siempre a cubierto. Eso hasta que doblaron un recodo y se encontraron frente a un grupo de androides, de los suyos, que se enfrentaban a una criatura enorme y con escudos activados, por lo que era difícil apreciar su aspecto debajo de la fluctuante pantalla energética.

—Parece que no nos ha detectado —señaló Johansson.

En efecto uno de sus drones estaba generando interferencia que los protegía de los sensores del enemigo.

—Sobrecarguemos su escudo —sugirió Joel—. Yo y los robots. Tu das el golpe de gracia.

Se comunicó con Hervic para que hiciera que los androides dispararan simultáneamente y con máxima potencia. Eso significaría bajar sus propios escudos, y quizás perdieran algunos robots, pero era un sacrificio aceptable.

Joel preparó su fusil, apagó su campo de fuerza, y al momento señalado saltó hacia adelante, abriendo fuego al mismo tiempo que los androides. Incluso se sumaron unos pocos drones que descendieron desde lo alto. La bestia aprovechó la exposición de sus atacantes y con dos cañones que sobresalían por los costados logró pulverizar a igual número de adversario cibernéticos.

Las armas de plasma requieren tiempo para enfriarse y recargar. Los androides sobrevivientes y Joel volvieron a levantar sus escudos y a buscar refugio, pero ya habían logrado su propósito. El campo de fuerza del enemigo brillaba con un rojo intenso y debía estar irradiando una enorme cantidad de calor, tanto hacia afuera como hacia adentro. Las posibilidades eran recalibrar el escudo o freírse. Lo primero implicaba quedar vulnerable por algunos segundos, los que Johansson estaba listo para aprovechar.

Pero siempre hay terceras alternativas. El enemigo, sabiendo que estaba condenado, prefirió hacer detonar algún tipo de bomba que llevaba consigo, produciendo una poderosa explosión que se llevó por delante a todos los androides que lo habían estado acosando. La onda expansiva incluso derribó a Joel, dejándolo tirado de espaldas en el suelo.

Se incorporó un poco desorientado, pero sin daños, ni en su cuerpo ni en sus sistemas de soporte. Johansson ya estaba bajando hacia el sitio donde se había inmolado el enemigo.

—Robot —le dijo por intercomunicador, notoriamente decepcionado.

Sus propios sensores ya le indicaban que no había restos orgánicos alrededor, solo pedazos de metal retorcido.

Joel se quedó mirando lo que quedaba de sus propios androides, desmembrados y completamente inutilizados. Sospechó que allí había una lección que aprender, pero se le escapaba de momento.

—Sigamos —propuso Johansson.

 

Sus ojos. Parecían naturales, y hasta cierto punto lo eran. Pero habían sido mejorados, con una retina con sensores para distintas longitudes de onda y un cristalino con enorme capacidad de aumento. Se los habían arreglado durante sus estudios en la Academia de Seguridad de la Corporación. Gracias a ellos, ahora podía ver a los xenebos que aguardaban metidos en zanjas que les servían como trincheras. Por supuesto usaban escudos por lo que no podía distinguir su verdadera apariencia, pero tenía una idea bien precisa de cómo eran gracias a las incontables grabaciones del enemigo que había tenido que ver durante las últimas semanas. Había cuatro y también contaban con el apoyo de robots.

Ellos, por su parte, habían logrado rodear el reducto xenebos, lo mismo que sus compañeros del otro flanco y solo esperaban las órdenes para iniciar el asalto. Pero Hervic estaba demorando la orden y parecía ocupado en otra cosa.

El enigma se resolvió muy pronto cuando su visor virtual revivió y una multitud de datos empezaron a aparecer delante de sus ojos.

—Hola, soldado. ¿Me extrañaste? —lo saludó Denisse por su canal privado.

—Estamos de vuelta, muchachos —les anunció a todos por el canal común, un segundo más tarde—. Les tengo buenas noticias. Un pelotón de la fragata Nayuki viene a apoyarlos. Ahora, preparados para la transición.

Y de nuevo se encontró a sí mismo como mero espectador de los acontecimientos. Le había gustado eso de tener el control y combatir según sus propios instintos. Pero no había nada que hacer respecto.

Los refuerzos llegaron cargando por detrás, cerca de donde estaban Joel y Johansson. En el mismo momento que los sobrepasaban, Denisse hizo que se incorporaran a la ofensiva.

Los xenebos eligieron concentrar el fuego en un solo objetivo, que resultó ser Johansson, y lograron dejarlo en el piso, inmovilizado. Pero apenas logró darse cuenta que su amigo estaba caído cuando ya estaba pasando por sobre las trincheras enemigas disparando rayos de plasma. Una de las enormes criaturas, que median el doble que un ser humano, y se veían todavía más intimidantes en sus armaduras de color verde fosforescente, fue sorprendida dándoles la espalda. Su campo de fuerza se disolvió en un estallido enceguecedor y el calor producido lo incineró dentro de su traje. Un gruñido gutural surgió de su ser mientras era consumido por las llamas.

Otro xenebos disparó contra Joel, pero ya estaba a cubierto y entonces los hombres de la Nayuki lanzaron granadas que, si bien no dieron contra ningún enemigo, al menos sirvieron para confundirlos. Entonces Denisse lo lanzó hacia adelante y pronto se encontró bajo uno de los xenebos, su campo energético salpicando chispas y rayos azules al ser comprimido contra el de su adversario. El escudo del xenebos era más grande y potente, y no tenía muchas dudas de cual caería primero. Se preparó para lo peor.

Pero tres androides fueron en su ayuda, saltando encima, con sus escudos al máximo, y apretándose contra la criatura, hasta lograr que su coraza energética colapsara. Joel fue retirado de allí mientras los robots terminaban el trabajo.

Hubo una potente explosión en la trinchera contigua, seguida por una ráfaga de descargas de plasma y con eso concluyó la refriega; los cuatro alienígenas habían sido eliminados.

—¿Johansson? —le preguntó a Denisse cuando se dio cuenta que su compañero no estaba cerca.

—No te preocupes, está bien. Un poco magullado no más. Pero su escudo quedó inutilizado, así que me lo llevo de vuelta al transporte.

Joel se sintió aliviado. Al ver a su amigo en el suelo lo había creído muerto.

—¿Cómo va todo allá arriba?

—Bastante bien. Les hemos hecho daño, Joel. Muchas de sus naves han dado la vuelta y se están retirado. También hemos sufrido pérdidas, pero creo que lo vamos a lograr.

Notó el entusiasmo contenido en la voz de Denisse y él también se sintió eufórico. Estaban ganando, pensó. Les estaban mostrando a esos parásitos quienes eran los humanos. Muy pronto estarían arrepentidos de haber iniciado esa guerra, rogando por un alto al fuego.

 

El campo de concentración era un conjunto de tiendas de campaña dispuestas en torno a un pabellón central, todo rodeado de rejas de metal. Podían distinguir varios robots de combate en el interior del complejo, del mismo tipo que había enfrentado antes. También había algunas criaturas deambulando entre las tiendas, pero a esa distancia era difícil decir si eran refugiados mawam o guardias xenebos, ya que las únicas diferencias entre ambas especies era la presencia de los cristales en el lomo. De todas formas, no se observaba a ninguno de ellos portando blindaje o armas de gran calibre.

Por su parte, su pelotón permanecía oculto en el medio del tupido matorral que crecía alrededor de un manantial. No sabía que estaba pasando, pero la espera estaba siendo más larga de lo que debería.

—Tengo algunos problemas por acá, muchachos, así que los voy a dejar aquí un momento —indicó Denisse—. Aprovechen…

No alcanzó a terminar lo que estaba diciendo cuando la noche se inflamó con una portentosa explosión, tan brillante como un nuevo sol que hubiera surgido de la nada.

—¡Qué mierda! —exclamó Joel.

A continuación, le siguieron unos incontables estallidos que salpicaron con manchas incandescentes la oscuridad de la noche. Un verdadero espectáculo de fuegos artificiales.

—¿Denisse? —transmitió.

—Estamos jodidos —la escuchó decir en un susurro.

—Pero…

—Vuelvan al transporte. De inmediato —ordenó a través del canal común.

—Pero, ¿qué pasa?

No hubo respuesta. Solo estática.

 

Estaba sentado en la orilla, en la misma playa donde habían hecho el amor por primera vez. Pero esta vez atardecía y el sol se ocultaba detrás del horizonte mientras una brisa fresca y los aromas de la noche le acariciaban el rostro. Había otra diferencia y era que cada vez que intentaba mover la cabeza o alguna otra parte de su cuerpo debía esperar un par de segundos antes de que ocurriera en realidad. Habría sido hasta divertido sino fuera porque sabía la causa del fenómeno que no era otra que la distancia que lo separaba de la fragata y del servidor que estaba corriendo la simulación. Una distancia que se incrementaba a medida que el capitán Owada aceleraba su nave intentando la retirada.

No se lo recriminaba. Él habría hecho lo mismo. De esta manera al menos se salvaría él, Denisse y el resto de la tripulación que permanecía en la nave. Ojalá lo lograra, deseó. Honestamente.

Trató de tomar un puñado de arena y lo logró, siempre dos segundos más tarde. No pudo evitar que la mitad de los granos se escabulleran entre sus dedos antes de poder cerrar el espacio entre ellos. No quería pensar en el destino que les aguardaba. Los xenebos pronto vendrían por ellos y podían luchar hasta morir o bajar las armas esperando que comprendieran el significado de una rendición. Eran sus opciones y ninguna parecía prometedora.

De pronto se sintió observado. Pero al voltearse no vio a nadie. A nadie hasta que súbitamente Denisse se materializó justo allí donde antes solo había aire.

—Joel —dijo ella con expresión triste.

—¿Denisse?

Ella se sentó a su lado.

—Nos dieron. Owada murió y casi todos los demás —explicó.

—¿Tu estas bien? — preguntó ansioso mientras ella se sentaba a su lado.

—Los reactores fueron dañados y hay fugas de radiación —siguió en un tono ausente.

—¿Mucho? —preguntó Joel, sabiendo que era una pregunta estúpida, pero no sabía que más decir. Cualquier cosa era mejor que el silencio.

Ella no contestó, no verbalmente al menos. Se acurrucó en su pecho y dejo que la abrazara. Todo en cámara lenta, con esa detestable demora de dos segundos.

—Tengo miedo —la escuchó decir.

—Todo va estar bien Denisse —intentó confortarla. Le acarició los cabellos mientras algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Denisse levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

—Voy a morir —aseguró.

—Trata de llegar a una cápsula —le rogó.

—No puedo. Ya no —dijo con un hilo de voz.

Ella acercó su rostro al suyo.

—Quiero que vivas, Joel —balbuceó—. Que vivas y me recuerdes.

Fue lo último que dijo. Su cabeza cayó sobre su pecho y no volvió a levantarla. Un instante más tarde su imagen se desvaneció.

La simulación completa colapsó poco después y se encontró de nuevo en Arzachel, sentado de piernas cruzadas sobre las piedras y con los brazos en alto. Sin escudos, sin armadura blindada. Solo llevaba puesto un traje presurizado pegado a la piel y la máscara para respirar.

Frente a él, varios xenebos, todos en su formidable armadura fosforescente, apuntando con sus armas. La disyuntiva entre luchar o rendirse ya no era un problema. Denisse, en su agonía, había tomado la decisión por todo el pelotón.

 

*          *          *

 

Fue el suave sonido de las olas rompiendo contra las piedras que lo despertó. Era casi de noche, pero no había lunas ni estrellas que se reflejaran en las quietas aguas del lago. Atrás, mirando hacia la ciudad, el resplandor rojizo de los incendios, cuyas columnas de humo se perdían en el denso manto de nubes que cubría el cielo.

Sus sistemas artificiales funcionaban bien y su implante solo encontró un pequeño desperfecto en el canal auditivo que de momento podía ser compensado, aunque más tarde necesitaría reparación. Eso, claro, si podía encontrar a alguien con las habilidades y herramientas para hacerlo.

Accedió a la red y lo primero que vio fue un anuncio del gobierno instaurando la ley marcial. Había un requerimiento de su hermana deseando saber de él. Mandó un mensaje avisando que estaba bien y en su casa. ¿Cuál casa?, quizás se preguntaría la mujer. Pero no iba a dar mayores explicaciones. Se había prometido no preocuparla ni hacerla sentir culpable.

Se puso en camino, evitando las avenidas principales. Todo estaba en silencio y en aparente calma. Las calles estaban vacías y solo pudo ver algunos piquetes de policías montando guardia en las esquinas. Por todas partes, sin embargo, estaban los vestigios de la batalla; hogueras humeantes, escombros convertidos en trincheras, tiendas saqueadas e incluso algunos cuerpos que todavía permanecían tirados allí donde habían caído.

Después de casi una hora logró llegar hasta el callejón entre la vieja bodega y el ruinoso edificio de al lado. Estaba oscuro. Se adentró registrando el lugar con sus sensores infrarrojos. Solo un tenue brillo al fondo, quizás un roedor u otra alimaña. Al acercarse la criatura huyó veloz entre los desperdicios.

No había rastros de Massimo. Se sentó en el suelo con las espaldas apoyadas en la pared, sintiéndose agotado y desanimado. Entonces fue que vio las manchas de sangre en el suelo.

IMAGE CREDIT: https://1001apk.com/games/arcade/465-epic-space-battles.html

 Licencia Creative Commons
El Último Horizonte de la Noche por Rodrigo Juri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en rodjuri.wordpress.com.

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