Capítulo 2

2

 

Llevaba varias horas deambulando por las callejuelas de Puerto Paraíso, soportando el sofocante calor, y siempre con cuidado de no tropezar con los incontables pordioseros que se arrastraban sobre la inmundicia. Las ineficientes redes de datos de la ciudad habían sido de poca ayuda, ya que ni siquiera mantenían un mapa actualizado y menos un registro confiable de sus habitantes. Al final tuvo que recurrir al rudimentario método de preguntar a los vendedores ambulantes o la única pareja de policías que pudo encontrar.

Pero, finalmente, había dado con lo que había estado buscando. El lugar se llamaba Nuevo Korolev y era un hacinado campamento en la periferia, donde las calles eran verdaderos ríos de lodo y las viviendas no eran más que rústicas cabinas levantadas con materiales de desecho y escombros. Por todas partes se veían rayados con mensajes ilegibles, pero casi siempre acompañados por la letra griega omega. Supuso que podía ser la firma del autor o la marca de alguna banda criminal que reclamaba soberanía sobre ese territorio.

Dudó un instante, parado frente una puerta que no era más que una gastada plancha de plástico amarrada con cuerdas para sostenerla en su sitio. El resto de la morada era un viejo contenedor de carga cubierto en algunas partes con corteza de megalíquenes nativos, pegados a la estructura principal con grotescos terrones de argamasa. A un costado de la estructura, desgastado por el tiempo y los elementos, pudo distinguir el sol naciente con tres rayos que era el símbolo de la Corporación Alma Solaris.

—Hola —llamó venciendo sus propias aprensiones.

Después de unos instantes la puerta se entreabrió y el rostro sucio de un niño se asomó por el reducido espacio.

—¿La casa de Melinda Quizaro? —preguntó Joel.

Allá en Marte, Joel había pertenecido una familia formada por sus padres, un hermano y cuatro hermanas. Además, una docena de tíos y tías, y una tropa de primos y otros parientes, todos viviendo en las villas agrícolas del Laberinto de la Noche, donde no faltaban ocasiones para reunirse todos, como cuando celebraban juntos el fin de la cosecha o el día de la independencia marciana. Según lo que había podido averiguar, de todos ellos solo su hermana Melinda había sobrevivido a la guerra y a la plaga.

—¡Mamá! ¡Un hombre! —llamó el crío.

Otras dos cabezas infantiles aparecieron en el umbral, mirando con curiosidad y expectación, antes que la voz de una mujer los regañara y los correteara de vuelta a sus dormitorios.

—Perdón, no esperaba a nadie —dijo la mujer mientras desamarraba las cuerdas y finalmente abría la puerta, manteniendo la vista baja. Llevaba un vestido de tela ligera, con un estampado de flores desteñidas.

Era Melinda. Debía tener poco más de treinta años de edad, pero su espalda encorvada, sus cabellos sucios y desordenados, y las manchas y verrugas que cubrían su piel, todo contribuía a que pareciera mucho mayor. Se le encogió el corazón al verla en ese estado, más aún porque el último recuerdo que tenía de ella era el de una joven hermosa y alegre, llena de esperanzas, despidiéndose de la familia antes de tomar un vuelo hacia la Luna con el propósito de estudiar arte en el Consorcio Universitario del Mare Imbrium.

—Melinda —la llamó.

Ella levantó la vista, insegura. Entonces lo reconoció y una sonrisa se dibujó en sus labios. Por un instante fue como volver doce años en el tiempo.

—Chavito —contestó ella en un susurro. Así lo habían llamado sus hermanos, aunque nunca estuvo claro el origen del apodo—. Creí que… creí que…

Él la abrazó y ella comenzó a sollozar en su pecho.

—Lo siento —le dijo unos minutos después sentados alrededor de una mesa de plástico ubicada a un costado de la habitación. Una cortina raída ocultaba la parte posterior de la morada, donde se escuchaban las risas y el cuchicheo de los niños.

—Yo lo siento. No encontré manera de poder avisarte.

—Pero, ¿cómo? Lo último que supe de ti fue que estuviste en Arzachel. Dijeron que no hubo sobrevivientes —balbuceó siempre emocionada.

—Los hubo. Solo que el enemigo nos tomó prisioneros —explicó Joel.

—¿Todo este tiempo, chavito? —preguntó ella con una expresión de asombro.

—Todo este tiempo.

Entonces Joel le habló un poco sobre sus años de cautiverio, aunque evitando los aspectos más perturbadores de su experiencia.  Había cosas que Melinda no necesitaba saber. Luego le contó sobre la manera en que había podido regresar y le explicó sobre su precaria situación actual. Necesitaba trabajo y un lugar donde quedarse.

—Joel —empezó ella llevándose una mano al rostro, acongojada—. Lo siento, no puedo ayudarte. Tengo cinco niños que alimentar y mi pareja… No, él no va a entender. Lo siento, hermano, pero no puedes quedarte aquí.

Las lágrimas resbalaban por las mejillas de la mujer. Él se levantó y se colocó a su lado, acariciándole el cabello.

—No, no te preocupes Melinda. Ya veré donde quedarme. Pero si tuvieras algún dato de dónde encontrar trabajo eso me serviría mucho.

—Es que no sabes cómo ha sido esto. Ha sido un infierno. Para todos. No tienes idea —le dijo mirándolo hacia arriba con una expresión avergonzada.

—¿Eres Zeoghu positivo?

El Síndrome de Zeoghu era el nombre científico para designar lo que todos conocían simplemente como la plaga. Ella afirmó con la cabeza.

—¿Los niños?

—Los dos mayores. Los otros parece que no.

—Dios mío. —dijo arrimándola hacia él y abrazándola con fuerza.

—Deberías ir donde los énendar —opinó ella después de un rato—. Tienen un centro de ayuda en la playa norte, donde reparten medicina y comida. Quizás puedan ayudarte. No sé.

Los énendar eran enormes organismos acuáticos que podían llegar a medir hasta diez metros de alto por ocho de largo. Tenían cierta semejanza morfológica con las antiguas amonitas que habían poblado los mares de la Tierra durante el Mesozoico, aunque sus conchas eran alargadas y con un patrón espiral más intrincado.

—De acuerdo. Es una buena idea.

—Chavito… —empezó ella, pero no dijo nada más.

—No te preocupes Melinda. Todo va a salir bien —aseguró él mientras se incorporaba—. Y ya mejor me voy para que puedas ver a tus niños.

Cuando llegaba hasta la puerta ella se le cruzó por delante. Le dio otro abrazo y le puso una tarjeta en el bolsillo de su pantalón.

—No es mucho, pero de algo te servirá —dijo la mujer.

—No es necesario —indicó haciendo el ademán de devolverla.

—Joel, la necesitas más que yo. Cuando puedas me lo devuelves, ¿de acuerdo?

—Gracias —le respondió dándole un beso en la mejilla.

—Te quiero —la escuchó decir detrás suyo, ya cuando se alejaba.

¿Y ahora dónde?, se preguntó mientras esquivaba charcos de agua en medio de la calle. Los énendar parecían una posibilidad, pero antes tenía que encontrar un sitio donde descansar y dormir un poco.

 

*          *          *

 

Johansson no se pudo despedir de Greg y él tampoco pudo hacerlo de Ghada. Habían partido veinte minutos después de que Owada terminara su breve discurso. Conectado a las cámaras externas de la Keegan había visto como las luces de ENA-4, y luego la silueta oscura de GE488, desaparecían en la distancia. Sintió un poco de tristeza y se sorprendió al descubrir que efectivamente se había encariñado con la mujer.

Eso había sido cinco días atrás. Ahora estaba enfundado en su armadura de asalto y sentado en su puesto dentro de un transporte blindado. Había otros tres infantes junto a él, todos cumpliendo con su turno y listos por si se les necesitaba operando fuera de la nave. Eso mientras aceleraban a 2,5 G, sin que los generadores de antigravedad en esa sección de la nave estuvieran activados, lo que hacía que todos sus movimientos requirieran un enorme esfuerzo extra.

—Vamos a hacer una prueba de control remoto —le dijo Denisse inyectando su voz directamente en su nervio auditivo.

—De acuerdo —contestó él, siempre subvocalizando.

Pasaron un par de segundos y de pronto se encontró ciego, sordo, sin olfato, ni tacto. Flotaba en la oscuridad más absoluta y no pudo evitar sentir algo de miedo, a pesar de que sabía que todo estaba controlado. Denisse había intervenido sus nervios sensoriales y estaba desviando la información hacia su propio implante o el de alguno de sus subordinados.

De pronto aparecieron algunos trazos blancos delante suyo. Al principio le costó reconocer los caracteres, pero finalmente logró enfocar y leer los mensajes que no eran más que una escueta crónica de lo que le estaban haciendo a su cuerpo; “levantando un brazo”, “saltando”, “caminando hacia la compuerta”, “volviendo al puesto”.

—¿Puedes leer el registro? —le preguntó Denisse.

—Afirmativo.

—Perfecto —señaló la mujer—. Veamos si esto otro funciona.

De pronto Joel se encontró a sí mismo recostado en una playa de arenas blancas y un mar de color turquesa. Arriba el sol brillaba en un cielo despejado y lo único que arruinaba el espléndido momento eran los mensajes del registro que seguían apareciendo a un costado de su campo visual.

—¿Mejor así, sargento? —inquirió la jefa de informática y guerra electrónica.

—Mucho mejor.

—Perfecto. Te voy a dejar aquí un momento y en un rato vuelvo contigo.

—Bien.

Joel se quedó sentado en la arena, disfrutando de la tibia brisa marina, y con la vista perdida en el horizonte. Pensaba en Ghada y en algunos de sus amoríos anteriores. Era joven y no podía evitarlo. Sabía que debería estar concentrado en su entrenamiento, pero si lo habían dejado allí, consideró, era para que se relajara y se distrajera un poco. Olvidar por un momento el problema en que estaban metidos.

Es que unas horas antes habían sido informados de la detección de una flota xenebos congregándose al otro lado de la Grieta Prometeo. Había negociaciones a través de emisarios del Imperio Ao, pero hasta el momento los xenebos se mostraban intransigentes respecto de la entrega inmediata de todos los mawam que habían escapado. La decisión de los gobiernos humanos era no ceder, por lo que todas las unidades militares habían recibido instrucciones de estar preparadas para entrar en combate en cualquier momento y en cualquier lugar. Owada había insistido en que ellos seguirían esas órdenes a pesar de que todavía les restaban casi cincuenta días de viaje hasta el portal Araguaia y cualquier posible contacto hostil.

—¿Por qué tan serio, soldado?

Giró la cabeza para descubrir que Denisse estaba parada a su lado. Vestía un diminuto bikini azul oscuro y sus largos cabellos de color castaño caían sobre sus hombros moviéndose levemente por la brisa. No pudo evitar que sus ojos descendieran recorriendo la curvilínea anatomía de la mujer.

—Pensé que estaba solo —se justificó.

—Nunca estás solo cuando Denisse está al mando, soldado —explicó ella mordiéndose un labio—. ¿Todavía pensando en esa muchachita de la estación?

—No, claro que no. —¿Cómo podría pensar en Ghada cuando una mujer como Denisse le estaba coqueteando descaradamente?, pensó.

Súbitamente las letras y números que habían estado desfilando en la parte baja de su campo visual desparecieron.

—No necesitamos eso, ¿no es cierto? —dijo ella indicando con un gesto que ella también había desactivado esa aplicación—. Deje a Claudia a cargo de las pruebas. Ella se encargará de todo. ¿Y sabes? Lo bueno de Claudia es que es tremendamente discreta.

Él sonrió aceptando la oferta.

 

El puesto fronterizo era un cilindro metálico que giraba lentamente en la oscuridad. Brillaba con un tenue resplandor verdoso que en realidad era un efecto de los filtros utilizados por las cámaras de las sondas que la estaban grabando.

Por otro lado, la embarcación alienígena se veía como una vibrante amalgama de colores, sin que fuera posible apreciar los detalles de su forma, debido a la distorsión generada por el campo de fuerza que la rodeaba.

Pudieron observar como varios puntos oscuros atravesando el escudo y que la transmisión identificó como transportes de tropas. Con desesperante lentitud surcaron la distancia que los separaba de la estación. Se demoraron todavía más emparejando su trayectoria para luego adherirse a algunos de los numerosos puntos de acoplamiento disponibles.

—Cinco minutos después de que los xenebos entraron en la estación se perdió toda comunicación, incluyendo las sondas que enviaron este registro. Desde entonces no hay noticias de nuestros efectivos allí —explicó el capitán refiriéndose a las imágenes que sus subordinados estaban recibiendo a través de sus implantes.

La transmisión se cortó y Joel se encontró de nuevo sentado en la sala de la fragata Keegan. Owada estaba parado al frente con su camisa entreabierta y el cabello despeinado. Se le veía cansado y desanimado.

Llevaban dos semanas de viaje y este tipo de reuniones, donde el capitán les comentaba los últimos acontecimientos relativos a la crisis, se habían convertido en parte de la rutina diaria. Bien podría haberse ahorrado la molestia mandándoles la información de manera virtual, pero a Owada le gustaba la parafernalia.

—El enemigo ha cruzado la grieta sin autorización y han tomado por la fuerza nuestro puesto fronterizo —continuó el oficial—. Esto ha sido considerado como una provocación por parte la República Marciana y el Consejo Panhumano.

¿Una provocación?, se preguntó. ¡Era una jodida declaración de guerra! Los alienígenas habían entrado en espacio humano y había ocupado una instalación cuya función era precisamente controlar el tráfico de entrada y salida a través de Prometeo. La respuesta del famoso Consejo Panhumano le parecía derechamente cobarde.

—Nuestras ordenes siguen siendo reunirnos con la flota en el punto Rivendel, pero en veinte días —explicó Owada.

—Pero eso es imposible. Serían como 100 G —intervino Nathan Hervic, el jefe del pelotón de Joel y que tenía fama de ser obsesivo con los números.

—Es absolutamente posible, sargento mayor Hervic —contestó Owada con una ligera expresión de molestia, pero que era fruto más del agotamiento que de otra cosa—. ¿Teniente Koivula?

Denisse había estado sentada en silencio y ahora se levantó para dirigirse a los presentes. No pudo dejar de darse cuenta que Owada se había referido a ella con más formalidad de la habitual y se preguntó si aquello significaba algo.

—Esta nave está diseñada para soportar hasta 113 G en ráfagas cortas. En cambio, vamos a acelerar a 50 G en intervalos de ocho horas. Ocho horas acelerando, ocho horas con velocidad uniforme.

—¿Y porque no con aceleración continua? Aunque fueran 30 G igual llegaríamos antes —insistió Hervic, haciendo gala de su pedantería.

—Eso es cierto —respondió Denisse con una sonrisa enigmática—. Pero no tenemos energía suficiente para generar esa aceleración y compensarla al mismo tiempo. Me temo que si hacemos lo que usted propone nos quedaremos sin energía para desacelerar o terminaremos estampados contra el fondo de la nave.

Hubo algunas risas nerviosas reaccionando ante la imagen invocada por la jefa de informática.

—Así que durante los intervalos de aceleración permaneceremos encerrados en nuestros cubículos que, para ahorrar energía, será la única sección de la nave con campo anti-G activado —siguió Denisse—. En los intervalos con los motores apagados podrán entrenar, comer y todo lo demás, pero en los periodos de aceleración estaremos confinados. Y en esto quiero ser precisa. Si llegan a salir mientras la Keegan acelera están muertos. Y es por eso que una vez que estén dentro de sus cubículos los bloquearemos y si algo pasa en las ocho horas siguientes tendrán que arreglárselas solos allí dentro. ¿Queda claro? No creo que necesite ser más específica.

Todos asintieron, la mayoría con expresión pensativa.

—Con esta estrategia esperamos alcanzar Araguaia en quince días estándar. Todavía tendremos cinco para llegar a Rivendel, lo que es más que suficiente —intervino Owada. Nadie sabía dónde quedaba el punto de encuentro de la flota, así que no quedaba más que confiar en sus cálculos.

Owada continuó explicando los detalles de lo que iban a hacer, y lo que se esperaba de cada uno. Finalmente informó que el primer intervalo de aceleración sería en tres horas más. No sabía que haría el resto, pero él pasaría ese tiempo en alguna playa paradisiaca, en un refugio en las montañas nevadas, o en un palacio persa. O cualquiera que fuera el sitio que Denisse elegiría para que volvieran a encontrarse una vez más.

 

Lo llamaban cono de luz, pero se refería a todo tipo de radiaciones electromagnéticas. Llevaban tres días en la rutina de ocho horas impuesta por Owada y ya habían alcanzado un cuarto de la velocidad de la luz, 0,25 c. Si bien todavía era poco para notar alguna dilatación temporal, iban en una trayectoria de colisión frontal permanente con la información que fluía hacia ellos desde el portal, lo que generaba un efecto similar; en el lapso de lo que para ellos era una hora recibían datos que en origen se habían generado en una hora y cuarto. Y la diferencia no haría más que aumentar en los próximos días. Poco a poco iban alcanzando el curso histórico del resto de la humanidad.

Se sentía un poco ansioso y frustrado. Había visto a Denisse hacía un buen rato, en la sala, conversando con otros tripulantes. Había sentido una punzada de celos al comprobar que ella lo ignoraba, pero al final se había levantado mientras él se tomaba un café, y había apretado su cuerpo contra el suyo al pasar a su lado.

—Más tarde te tengo una sorpresa —le había susurrado.

Había esperado con ansia la sesión de entrenamiento donde esperaba volver a encontrarse con Denisse, pero la decepción fue grande cuando descubrió que Owada estaría allí y que esta vez no habría control remoto ni realidades virtuales. Solo ejercicios y más ejercicios, y en el transcurso de los mismos tuvo la impresión de que el capitán era especialmente severo y exigente con él. ¿Sabría que estaba acostándose con Denisse?, se preguntó. Claro, tener sexo dentro de un escenario virtual no era lo mismo que hacerlo realmente, ¿o sí? Como fuera, estaría en problemas si el capitán descubría lo que estaba pasando y le sorprendía que fuera la primera vez que consideraba las consecuencias.

El hecho fue que no pudo ver a Denisse en el resto del periodo y las alarmas habían comenzado a sonar anunciando que les quedaban solo diez minutos antes que comenzaran a acelerar nuevamente.

—Encuéntrame en el baño —escuchó a Denisse dentro suyo.

—Pero ya es la hora —objetó él.

—Ven, confía en mí —dijo ella y cortó la comunicación.

Era la jefa de informática después de todo, recordó Joel. Asumiendo que la mujer sabía lo que hacía, torció a la derecha en el corredor central, y en vez de apresurarse hacia los dormitorios, se dio impulso en dirección al cuarto de baño. Las compuertas se abrieron automáticamente y se encontró en una habitación estrecha con seis inodoros a un lado, unos lavamanos con espejo al otro, y un par de duchas al fondo.

—¿Denisse? —la llamó.

—Espérame un momento, ya llegó —le informó.

Se apoyó contra una de las paredes, inquieto. No pudo evitar pensar en lo que pasaría si no lograba llegar a su cubículo antes de que empezaran a acelerar. Su cuerpo, entonces, sería empujado contra el piso y sería aplastado por una fuerza enorme, capaz incluso de romperle los huesos y reventar sus órganos. No, no sería nada bueno para su salud, se dijo bromeando consigo mismo para aliviar su nerviosismo.

—Lo siento Joel, no podré llegar —le comunicó la mujer y cerró la comunicación de modo que Joel ni siquiera pudo replicar. De todas maneras, se había quedado sin palabras.

¿Cuánto quedaba? Poco más de un minuto, dos a lo mucho. Salió del baño de un salto, y usando el borde de la compuerta como apoyo, se impulsó a lo largo del pasillo. Luego, usando sus brazos como palanca cambió de dirección lanzándose hacia el ala de los dormitorios.

—Treinta segundos para iniciar —anunció Samas a través de los altavoces de la nave.

¡Samas!, recordó. Él podía ayudarle. Lo llamó a través del implante, pero no obtuvo respuesta, y de pronto se percató de que las computadoras de la nave debían saber que él no se encontraba en un sitio seguro. Tendrían que haber detenido la cuenta regresiva. Algo estaba funcionando muy mal. Y entonces pensó en Owada.

De pronto las luces comenzaron a parpadear y terminaron apagándose, dejando solo unos focos rojos señalando el camino. Pero no importaba. Las dos compuertas, una de cada dormitorio, estaban al frente. La suya, a la derecha. Se abalanzó hacia ella confiando en que se abriría. Se equivocó y se dio contra la dura superficie de plástico reforzado.

Era Owada, ya no tenía dudas. Había suplantado a Denisse y lo había engañado como a un bebe. Luego diría que había sido un accidente provocado por su propia negligencia. Un par de firmas, un funeral militar y sería todo.

La compuerta tardó un par de segundos en abrirse, pero para él fue una angustiante eternidad. Cuando por fin pudo ingresar descubrió que adentro también estaba oscuro y solo pudo ver un hilo de luz cuando el último de sus compañeros cerraba la escotilla de su cubículo.

Intentó llamar a Samas una última vez, pero de nuevo no obtuvo respuesta. No perdió más tiempo en eso y se arrojó de cabeza hacia su cubículo. La esclusa si se abrió esta vez y fue a estrellarse contra el fondo, contra algo blando, mientras escuchaba el siseo de la escotilla cerrándose detrás.

—Calma muchacho. Está todo bien —era la voz de Denisse en sus oídos. No en su implante, sino que en sus verdaderos oídos.

—Casi me matas —resopló confundido.

—Nunca habría dejado que te pasara nada —le explicó sonriendo con picardía—. Si te hubieras demorado un poco más habría cancelado el conteo, pero eso habría arruinado la sorpresa, ¿no es cierto?

—Estás loca —atinó a contestar con su corazón latiendo desbocado.

—Ni te imaginas —comentó la mujer mientras comenzaba a abrir los velcros de su traje.

Esta vez Owada se enteraría y no había forma de evitarlo, comprendió. Pero no le importó. Iba a tener sexo de verdad con la amante del capitán y eso bien valía cualquier castigo que le pudieran imponer. Lo que fuera lo soportaría con una sonrisa en el rostro mientras veía a Owada rumiando su enfado. Pensaba en ello mientras se sumergía en los aromas y la piel de Denisse.

 

Una semana después la fragata Julian Keegan alcanzó los 0,75 c, tres cuartos de la velocidad de luz. Seguir acelerando habría implicado asumir rendimientos decrecientes en el uso de la energía contenida en sus reservas de khalones, por lo que Park y sus ingenieros habían calculado su trayectoria de modo que a partir de ese momento empezarían a reducir la velocidad, de nuevo en intervalos de ocho horas. En cinco días estándar deberían atravesar el portal Araguaia a unos nada despreciables 0,4 c.

El portal en sí mismo había sido ensamblado por la Corporación y llevado hasta una órbita alrededor de Okazaki, un planeta joviano que a su vez giraba en torno a Delta Pavonis, una estrella parecida al Sol, ubicada a veinte años luz de la Tierra. Era la joya de la corona en el incipiente imperio colonial de Alma Solaris, ya que el sistema contaba con al menos tres mundos potencialmente habitables, dos de los cuales eran satélites de Okazaki. Además, poseía un cinturón de asteroides generoso en metales pesados que ya estaba siendo explotado por pequeños asentamientos mineros.

Camino hacia ENA-4, hacía ya varios meses atrás, se habían detenido allí y habían disfrutado de la hospitalidad de los habitantes locales. Joel sonrió recordando una velada en medio de jarras de cerveza y comida abundante en un bar clandestino, de aquellos que nunca podían faltar donde había obreros en faena.

No es que lamentara sus actuales circunstancias. De hecho, en esos momentos descansaba en su cubículo con Denisse dormitando a su lado. Habían hecho el amor, pero permanecía despierto, incapaz de conciliar el sueño. En vez de recurrir a alguna distracción virtual había preferido conectarse con Samas y mirar las últimas noticias sobre el conflicto con los xenebos. No había ocurrido mucho salvo por un nuevo fracaso en los esfuerzos diplomáticos de los Ao.

Luego había revisado los mapas de la red de portales que se había ido construyendo en el último siglo, entre la Tierra y la Grieta Prometeo, intentando adivinar la ubicación del misterioso punto Rivendel. Una tarea difícil, sino imposible con los datos que disponía. Demasiadas estrellas, demasiadas rutas. En los cinco días que tenían por delante, y saltando de portal en portal, podían alcanzar todas las estrellas y mundos colonizados por la humanidad.

Un zumbido retumbó en sus oídos que lo sacó inmediatamente de sus reflexiones. Ya sabía lo que significaba; otra alarma más. Denisse despertó junto a él, abriendo los ojos confundida.

—Ya, ya va —contestó la mujer, respondiendo a alguna llamada a través de su implante, pero usando su voz verdadera.

No dijo más. Su cuerpo se aflojó mientras su mente viajaba hasta las entrañas virtuales de la nave, donde, probablemente, tomaría su lugar como jefa de informática. Unos instantes después Joel también fue separado de su realidad inmediata y trasladado a una sala virtual, parecida al comedor de la Keegan, pero más grande. Se encontró sentado en un amplio sillón, con los demás tripulantes alrededor. Owada, como siempre, presidía la reunión parado en la cabecera.

—Lo que tengo que decirles es urgente así que les pido disculpas si interrumpí su descanso o alguna otra cosa —dijo el capitán mirando a Denisse, que estaba sentada en el otro extremo de la mesa—. Hace poco más de cinco días los xenebos han entrado en Delta Trianguli y han atacado a nuestras unidades que resguardaban el mundo de Arzachel. El enemigo sufrió importantes pérdidas, tanto porque nuestras fuerzas en el lugar respondieron al ataque como debido a las minas espaciales sembradas alrededor del portal. A pesar de ello han logrado hacerse con el control del sistema.

Hubo murmullos de frustración entre los presentes, luego de lo cual Owada continuó ofreciendo un resumen del incidente y de las bajas. Gran parte del personal en Arzachel habían logrado ser evacuado, pero de todas maneras se habían perdido unas tres mil vidas, entre civiles y militares. Por otro lado, ese era el mundo donde estaban los campamentos de refugiados mawam. De ellos no se sabía nada en absoluto.

—He sido instruido por el alto mando para informarles de que esta agresión no quedará impune y que responderemos con contundencia —aseveró el capitán seguido por un aplauso. Joel no pudo evitar unirse a la manifestación con entusiasmo—. Por lo tanto, es mi deber comunicarles que la República Marciana, y las demás naciones del Consejo Panhumano, estamos en guerra con los xenebos.

 

*          *          *

 

Había comenzado a llover con fuerza y Joel tuvo que apurarse entre las callejuelas de Puerto Paraíso mientras el agua se acumulaba en charcos que luego se sumaban convirtiéndose en verdaderos torrentes de lodo, piedras y basura. Los transeúntes buscaban refugio, los más pudientes dirigiéndose a sus hogares, y el resto, como él mismo, intentando encontrar un sitio seco debajo de las cornisas.

No tuvo suerte. Los desposeídos se agolpaban en cada pequeño rincón que podía servir para protegerse de la tempestad. Podría haberse ganado a golpes un espacio entre ellos, pero todavía no se sentía tan desesperado como para eso.

En cambio, decidió dirigirse hacia las afueras de la urbe, remontando un camino que subía una colina donde se concentraban algunos galpones y talleres. Allí finalmente encontró un callejón entre las murallas de una bodega destartalada y un edificio sin terminar. Arriba había unas planchas de plástico que servían de techumbre. A simple vista parecía estar desierto, pero sabía, gracias a sus sensores infrarrojos, que al fondo había alguien recostado en el piso, probablemente durmiendo. No le importó. Allí había suficiente espacio para dos personas y si el otro tenía alguna objeción estaba seguro de poder resolver el problema, de una manera u otra.

Se sentó sobre unos cartones que había en el suelo y sacó una de las barras nutritivas que había comprado a un vendedor ambulante antes de que empezará a llover. Todavía tenían las cintas que anunciaban que ese producto era un regalo de la Hermandad Zaihari, el nombre de la facción énendar encargada de la ayuda en Esmeralda, y que estaba prohibida su comercialización.

Lo desenvolvió y estaba listo para darle una mascada cuando supo que estaba siendo observado. El pequeño salió de las mantas sucias con las que se cubría, incorporándose con dificultad. Solo llevaba un pedazo de tela amarrado a la cintura, a modo de pantalón o taparrabo. Estaba tan mal nutrido que se veía la forma de sus costillas bajo la piel. Una de sus piernas no se flectaba y permanecía torcida hacía atrás.

—¿Una mamada por eso? —propuso indicando el alimento que Joel sostenía en sus manos—. Se hacerlo bien —agregó.

Joel agradeció no haber alcanzado a tragarse el primer bocado porque lo habría escupido o vomitado.

—Toma —dijo secamente, ofreciéndole la barra al muchacho.

El niño lo tomó de inmediato, pero dudo un instante antes de comenzar a engullirla. Miró alrededor y decidió sentarse a su lado.

—Gracias —dijo, ahora rehuyendo su mirada, como avergonzado.

Joel no quería hablar con nadie, no quería saber de sus problemas ni sus padecimientos. No tenía ningún sentido. En aquellos tiempos no había sitio para la generosidad y la compasión. Menos para involucrarse o hacerse responsable de una criatura que ni siquiera podía mantenerse en pie y que vivía de ofrecer sexo oral a cualquiera que pasara por ahí.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó a pesar de todo.

Image credit: www.scoopwhoop.com/delhi-ngo-invites-people-to-spend-night-on-footpath/#.13j3ymaj1

Licencia Creative Commons
El Último Horizonte de la Noche por Rodrigo Juri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en rodjuri.wordpress.com.

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