Capítulo 1

1

 

Dejó que los demás pasajeros se adelantaran en el pasillo, ansiosos por salir del encierro al que habían estado sometidos desde que abandonaron la estación orbital Zanzíbar. Joel no tenía apuro. Después de diez horas de viaje un par de minutos más no le importaban en absoluto.

Por fin estaba de regreso, pensó. A punto de pisar de nuevo un mundo humano, y se sorprendió por su propia falta de entusiasmo. Se sentía ausente y vacío. Lo supo; ese nunca sería su hogar. Todo lo que alguna vez había tenido significado para él había desparecido. Ya no quedaba nada. Solo cenizas, escombros flotando en las vastedades del espacio interestelar y en el oscuro abismo, igual de inabarcable, que había en su interior.

Miró por la ventana a su lado. Un rectángulo de polímero transparente nacía justo por encima de su cabeza y descendía siguiendo la curvatura de las paredes hasta el suelo. Si lo deseaba, uno podía pretender estar suspendido al borde de un precipicio y la ilusión sería casi perfecta.

Allá abajo, a unos veinte metros de distancia, el pavimento, copiosamente adornado con manchas de aceite. Al oriente, otro par de mangas, de momento replegadas, esperando ser usadas en algún futuro arribo. Más allá terminaba la meseta y el terreno descendía abruptamente hacia un manto de verde y púrpura que se extendía hasta Puerto Paraíso. La ciudad, a lo lejos, era un desordenado laberinto de callejuelas y edificios sumergidos en la bruma, en una delgada franja entre la bahía y la exuberante selva. Medio millón de almas vivían allí, según había podido averiguar.

Más lejos, flotando sobre la superficie del lago König, se vislumbraba Ciudad Zafiro. A esa distancia era difícil distinguir detalles de la estructura, salvo la resplandeciente cúpula que la cubría por encima, protegiendo a sus moradores del tórrido clima. Joel no sabía mucho de aquel sitio, solo que había sido construido por los énendar y que servía de refugio para cualquier alienígena que visitara el planeta.

Unos puestos más adelante Mikko Shirazi se había incorporado a medias e intentaba extraer sus escasas pertenencias del compartimiento superior. Joel decidió imitar a su compañero ya que de todas formas quedaba poca gente en la cabina. Sacó su bolso de mano, que apenas contenía una muda de ropa y unos pocos artículos de aseo personal. Se lo cruzó al hombro y se encaminó a la salida.

Al pasar junto a Mikko solo le dedicó un escueto saludo militar.

 

La oficial de migración era una mujer madura, de contextura gruesa y cuyo brazo derecho se reducía a un muñón cubierto por una prótesis mecánica, demasiado corta, y que no funcionaban bien. Su mirada estaba perdida en la distancia mientras se comunicaba a través de su implante con alguna base de datos. Él le había facilitado la tarjeta que le habían dado los aalekhi poco antes de llegar al espacio humano y probablemente estaba cotejando la información contenida en el dispositivo.

—¿Once años? —preguntó ella, volviendo de su introspección.

Él asintió con la cabeza.

—Comprendo —señaló la mujer, mirándolo con expresión compasiva.

—Todos hemos sufrido —afirmó él, sin saber qué más decir.

—Cierto, señor Quizaro —contestó ella—. ¿Puede acercarse un poco?

Él se inclinó. La oficial extrajo un pequeño artefacto alargado y con un láser de color verde escaneó su rostro.

—Bienvenido de vuelta, sargento —concluyó ella, realizando un tembloroso gesto con su miembro artificial para que avanzara.

Se encaminó hacia la compuerta transparente que se abrió con un leve chirrido cuando estuvo cerca. Con su pequeño bolso a cuestas atravesó el umbral y se encontró en un amplio corredor flanqueado por algunas oficinas y que conducía a hacia el exterior.  Se volvió por un instante y vio a Mikko realizando los trámites con la misma mujer que le había atendido antes. Consideró la posibilidad de esperarlo, pero lo descartó de inmediato. Ambos habían llegado a Esmeralda para rehacer sus vidas y olvidar. No necesitaban rostros ni charlas que les hicieran recordar por lo que habían pasado.

Caminó en dirección a la salida sintiéndose cansado y un poco mareado. No llevaba diez minutos en el maldito planeta y ya sufría de una intensa jaqueca. El aire era pesado, demasiado oxígeno, demasiada presión. Un olor mohoso y rancio parecía impregnarlo todo, sin provenir de ninguna parte. No, eso no se parecía en nada a Marte, el mundo seco y frío que una vez había sido su hogar.

Finalmente se encontró afuera y de inmediato se vio enceguecido por la intensa luminosidad de Chattan, el sol principal de Esmeralda, que justo se asomaba por una brecha entre las nubes, resplandeciendo con su ligero tono anaranjado. Tuvo que protegerse con una mano a modo de visera y una vez que sus ojos artificiales se adaptaron al brillo, se descubrió a sí mismo en medio una sucia calzada, regada de envases plásticos y papeles arrugados.

Algunas personas transitaban con prisa, yendo y viendo de las distintas dependencias del puerto espacial. Otros aguardaban juntos a los vehículos, la mayoría anticuados transportes de superficie, llamando a potenciales clientes que desearan bajar a la ciudad. Al otro lado de la calle y apiñados a la sombra de las paredes de un galpón, distinguió una multitud de pordioseros, escasamente vestidos con desgastados harapos. Algunos de ellos le hacían gestos con la mano, con la esperanza de que les obsequiara alguna moneda.

—¡Eh, tú, soldado!

Un hombre casi tan alto como él, de tez negra y un rostro marcado con llagas y pústulas, lo observaba a unos pasos de distancia. Le devolvió la mirada.

—Soy Germain, solo Germain —afirmó el sujeto extendiéndole la mano derecha.

Germain vestía un elegante traje azul oscuro, camisa blanca entreabierta y zapatos relucientes. Todo muy incongruente con el hecho de que parecía estar gravemente enfermo. Joel sospechó de inmediato y guardó silencio.

—Ah, de acuerdo —dijo el hombre retirando su mano y llevándosela al pecho, como inseguro de qué hacer con ella luego de haber sido rechazado.

Joel intentó continuar su camino, pero Germain se interpuso. No iba a soltar a su presa con tanta facilidad.

—Mira, sé que tienes un implante Cinix 6 Pro-V, de antes de la guerra. Ya no quedan de esos, ya lo sabes —balbuceó bajando la voz, como si se tratará de un secreto.

—No, no lo sé, y no me interesa —respondió Joel con brusquedad, intentando seguir adelante.

—Podemos pagarte bien, sargento Quizaro —afirmó el otro, tomándolo del hombro.

—¡Deja de joder! —explotó Joel empujando a Germain hacia atrás y haciendo que un par de desconocidos giraran la vista hacia ellos—. Dije que no —agregó bajando el volumen de su voz, pero enfrentando la mirada del otro con expresión decidida.

—De acuerdo, Quizaro. Pero te dejó la invitación en tu casilla. Esto está podrido y dudo que puedas encontrar algo mejor de lo que te ofrezco —indicó Germain retirándose mientras alisaba su traje—. Si es que llegas a encontrar algo, por supuesto.

Joel ignoró el último comentario preguntándose si debía advertir a Shirazi sobre el traficante de cuerpos. Decidió que no; era tan capaz como él de decidir lo que le convenía y lo que no.

Sin embargo, Germain, si de verdad era su nombre, tenía razón en algo. Debía encontrar una manera de ganarse la vida y pronto. No tenía ni un centavo en los bolsillos y menos todavía en su cuenta electrónica recientemente habilitada. Por de pronto era un indigente más en ese mundo miserable.

No sabía bien que había esperado encontrar cuando estuviera de regreso. No una gloriosa recepción de héroe, con banda de guerra y discurso incluido. Eso siempre había estado fuera de las posibilidades. Pero al menos habría deseado la presencia de algún oficial que los recibiera y les ayudara a instalarse. Nada de eso. Simplemente los habían dejado allí botados y el resto no era asunto que le importase a nadie.

Pero claro, el Sistema Solar era un ruinoso montón de rocas radiactivas que nunca más podrían albergar la vida, y las pocas colonias extrasolares que no habían sido aniquiladas estaban sumidas en una desesperada lucha por la sobrevivencia. Miles de millones habían muerto, primero a manos de los xenebos y luego a causa de la plaga, y muy pocos habían quedado para contar la historia. Y cada uno de esos pocos debían tener cosas mucho más apremiantes por hacer que preocuparse por la suerte de un par de prisioneros de guerra que regresaban a casa después de once años de cautiverio.

 

*          *          *

 

Despertó con un estridente pitido en los oídos y unas luces parpadeando al frente. Todavía tenía los ojos cerrados, así que supo que eran estímulos artificiales enviados directamente a su implante cortical. “CUSOL-B-238, código 2”, decía el mensaje. Tardó solo un instante en entender su significado.

—Aquí sargento Joel Quizaro —anunció, sin hablar. Su implante era capaz de reconocer una subvocalización que se lograba estimulando los nervios de su garganta, pero sin que saliera ningún sonido por la boca.

—Sargento, debe presentarse en CUSOL-B-238 de inmediato —le indicó una severa voz masculina que reconoció como la de Samas, la mayor de las inteligencias artificiales asignadas a su pelotón

CUSOL-B-238 era el nombre oficial de la fragata Julian Keegan, de la Corporación Alma Solaris, a bordo de la cual Joel cumplía su primera misión en espacio profundo. Llevaban más de cuarenta días estándar dando vueltas alrededor de la estación cosechadora ENA-4, y eso luego de tres meses de viaje para llegar hasta ella.

—¿Qué pasa? —preguntó Ghada, la joven con la que se estaba acostando desde hacía un par de semanas.

—Nada. Tengo que reportarme en la nave.

Ghada no era bonita y no se engañaría a sí mismo imaginando lo contrario; había empezado a salir con ella solo porque era la única mujer disponible en varios años luz a la redonda. Siempre se sentía un poco culpable cuando lo consideraba de ese modo, pero no demasiado.

—Pero estás libre —argumentó la mujer contemplando su desnudez con una sonrisa en los labios.

Joel sabía que tenía un físico digno de admiración. Piel morena, músculos marcados, fornido y esbelto. Y eso no solo por su entrenamiento militar y su dedicación personal, sino que también por los mejoramientos genéticos que le había practicado la Corporación y que estaban dirigidos a aumentar su desempeño en el campo de batalla. Además, había crecido en Marte, cuya escasa gravedad le había permitido adquirir una estatura mayor a quienes se criaban en la Tierra.

—Lo sé. Pero es una orden.

Se puso el uniforme que consistía en un traje negro de una pieza y que una vez cerrado lo cubría desde los tobillos hasta el cuello. Luego se calzó las botas que eran del mismo color, y que se fundieron herméticamente con la prenda principal. Lo mismo sucedió con los guantes y el casco, que dejó abierto, sin el visor cubriendo su rostro.

—Lo siento Ghada —le dijo, y era verdad.

—No te preocupes. Nos vemos cuando nos vemos —le respondió estirándose un poco bajo la sábana.

Él hizo el gesto de mandarle un beso con la mano y se dio vuelta. La puerta se deslizó hacia un costado de manera automática.

—¿Y ahora a dónde? —le preguntó a Samas, de nuevo subvocalizando, mientras se apresuraba por el estrecho corredor que comunicaba el área de los dormitorios con el resto de la estación.

—Un transporte lo espera en el sitio de acoplamiento número uno, señor —contestó la inteligencia artificial y de inmediato, frente a él, apareció una línea blanca y brillante para señalar el camino. Un fenómeno que, al igual que la voz de Samas, solo existía dentro de su mente.

—¿Un simulacro? —inquirió.

—No estoy autorizado para responder esa pregunta, señor.

Por supuesto que no, se dijo. Samas nunca estaba autorizado para decir nada importante.

La gravedad artificial de la estación era un tercio de la terrestre y muy parecida a la de Marte, así que supo moverse con seguridad entre pasillos y escaleras, pasando por el comedor de los empleados de la estación y luego hacia los muelles. En el camino solo se encontró con algunos androides realizando labores de limpieza y recordó que el trabajo de Ghada consistía precisamente en operar esas máquinas.

Un último recodo y la línea blanca terminaba en una escotilla cuadrada que ya estaba abierta.

—Voy a ensamblar su membrana facial y completar los demás protocolos de seguridad, señor —le informó la inteligencia artificial.

Cerró los ojos mientras unas pequeñas boquillas en el interior del casco rociaban un polímero plástico sobre su rostro. Al cuajar, la resina se convirtió en una película transparente que permitía el paso del aire, pero que era capaz de modificar su estructura microscópica y hacerse impenetrable en caso de una despresurización inesperada. La membrana no era tensa, sino que se desplegaba holgadamente, anclada en los bordes de la abertura frontal del casco.

Se metió en el transporte, cuyo interior consistía en un pasillo con una fila de asientos al medio.  Stuart Johansson había llegado antes que él y en esos momentos terminaba de ajustarse los cinturones de seguridad.

—Protocolos de mierda —dijo visiblemente contrariado—. Apuesto que no es más que un simulacro para jodernos la vida.

Johansson, como prefería ser llamado, era un poco más bajo que Joel, y tenía la tez clara y cabello rubio.

—Estaba durmiendo —se quejó Joel mientras se acomodaba en un puesto, detrás de Johansson.

—Mejor no te digo lo que yo estaba haciendo —contestó Johansson. Él también tenía a alguien en la estación.

Se puso los cinturones y pocos segundos después el transporte se desacopló. Una ligera sacudida y estuvieron en camino.

—Ok. Voy a tratar de dormir un poco —escuchó decir a su compañero.

—Dulces sueños ratoncito —se despidió Joel en tono de burla, haciendo alusión a la forma en que supo que se trataban con su pareja.

—Muérete.

Joel se rio, pero no hubo más respuestas de parte de Johansson.

Él, por su parte, había dormido suficiente.

—Dame visión exterior completa —le ordenó a Samas, siempre vía implante.

De pronto las paredes del transporte desparecieron dejándolo allí, flotando solo en el espacio. No era cierto, por supuesto. Ni siquiera es que las paredes se hicieran transparentes. Era Samas que transmitía la información recogida por los sensores de la nave hasta la base de su nervio óptico.

Lo primero que vio fue un enorme disco negro flotando a su izquierda. El mundo no tenía nombre, aunque era señalado como GE-488 en las comunicaciones confidenciales de la corporación. GE-488 no giraba en torno a ningún sol; era un vagabundo que deambulaba solitario entre nubes de gas y vacío interestelar. Una roca helada y oscura que no tendría ningún valor si no fuera porque en algún momento, hace millones de años, uno de los objetos más preciados del universo había quedado atrapado en su campo gravitatorio y se había convertido en una de sus lunas, una de tamaño microscópico.

Era un grial negentrópico, el minúsculo remanente de un agujero negro de antimateria, comprimido y enquistado dentro de un volumen inferior al de un electrón. Una reliquia de los primeros tiempos después del Big Bang, que, si se bombardeaba con camaleones, un tipo de partícula subatómica, terminaba liberando más camaleones. Las partículas camaleón, o khalones como se les llamaba con frecuencia, podían ser almacenados y transportados, y al ser estimuladas de manera apropiada irradiaban energía oscura en una forma estable, capaz de interactuar con la materia ordinaria. Entre muchas otras aplicaciones permitían generar antigravedad y alimentar motores capaces de alcanzar velocidades relativistas.

El problema era que griales negentrópicos eran muy difíciles de encontrar. Un sensor de prospección tenía que darse prácticamente de frente con uno de ellos para poder detectarlo. Y es lo que había pasado en GE-488. Era el quinto grial que Alma Solaris había descubierto en siete décadas de búsqueda, y el único que habían encontrado sin ayuda de especies alienígenas.

Hizo el ademán de voltear la cabeza, pero Samas interpretó correctamente su gesto y la proyección entera giró de manera que pudo ver lo que antes estaba a sus espaldas. La estación cosechadora ENA-4 iluminada por potentes focos exteriores.

Se trataba de media docena de módulos esféricos de color gris claro formando un anillo, conectado por gruesos tubos y vigas de diverso calibre, y que correspondían a las áreas habitables, las bodegas y talleres de la estación. Al medio había otra esfera, de mayor tamaño, la cosechadora propiamente tal.  Ahí estaban los reactores y aceleradores que permitían extraer las riquezas del grial que estaba alojado en su centro.

En la estación vivían veintiséis operarios, entre ellos Ghada. Llevaban allí ocho meses y todavía estarían por otros cuatro años más, que era el tiempo que los ingenieros estimaban que duraría la explotación del grial. Nadie se iría antes, no habría ninguna rotación de personal. Y durante todo ese tiempo estarían acompañados de naves de combate de la Corporación, ante la eventualidad de que alguien más descubriera la localización del grial y decidiera apropiárselo. Había pasado antes y no iban a correr riesgos.

De nuevo hizo rotar la escena hasta tener a la fragata Keegan al frente suyo, apenas un punto de luz en la distancia. No necesitaba acercar la imagen para saber cómo era su nave. Se trataba de dos secciones alargadas, ubicadas de forma paralela. Entre medio se ubicaban los compartimientos habitables, los motores, los reactores y todo lo demás, salvo la fila de tres propulsores en uno de los extremos, y varias antenas y cañones al frente y a los costados.

Ese era su destino inmediato, de regreso al deber. El capitán Owada le habían dado dos días estándar para visitar la estación y estar con Ghada, pero no había transcurrido ni la mitad del tiempo estipulado antes que le ordenaran volver. Y no. No se trataba de ningún ataque inminente porque en ese caso la fragata habría iniciado de inmediato maniobras de combate sin esperar por ellos.

 

En efecto, no era ningún ataque de piratas espaciales, pero tampoco un simulacro.

—Hace doce días el directorio ha puesto en alerta preventiva a todas las unidades de combate de la Corporación, incluyendo a la Julian Keegan —explicó Owada—. Demás está decir que debido a la distancia que nos separa del portal Araguaia, recibimos esta información recién hace poco más de una hora.

Joel y los demás estaban en la sala de reuniones de la fragata, sentados alrededor de un largo mesón, mientras el capitán Owada hablaba desde la cabecera con una pantalla holográfica encendida a su costado. Todos vestían sus uniformes; de color negro los infantes, de color azul los oficiales y de color blanco los de informática y guerra electrónica.

—Por lo tanto, quedan suspendidos todos los permisos y todos deben estar preparados para ir a sus puestos asignados en todo momento. Eso, primero que nada —continuó el capitán.

Owada era un hombre maduro, de rasgos severos. Los miró a todos sin intimidarse por el silencio que siguió a sus palabras.

—Oficial Koivula, por favor —dijo finalmente, dirigiéndose a la jefa de informática y segunda al mando.

Denisse Koivula se levantó de su puesto. Era una mujer esbelta, de tez morena y de cabellos cobrizos que enmarcaban un rostro de rasgos finos y nariz respingada. Espléndida. Cada vez que la veía sentía una punzada de deseo que luego se convertía en envidia al recordar que Owada se acostaba con ella.

—Perfecto —empezó la mujer—. Por lo que sabemos, que no es mucho, hace quince días, un transporte proveniente de espacio xenebos cruzó Prometeo sin autorización.

—Xenebos… —repitió un infante al otro lado del mesón.

—Sí. Y por supuesto, ese es el principal problema.

De la media docena de especies alienígenas con que la humanidad había entrado en contacto desde el descubrimiento de la Grieta Prometeo, los xenebos eran los más tímidos de todos. Mantenían cerrado el paso a través de su propia grieta y nadie que no fuera un xenebos podía entrar o salir de su espacio. Nunca.

—Aparentemente se trata de refugiados políticos o algo parecido. No está del todo claro —dijo Denisse haciendo una mueca que mostraba su propia insatisfacción por la escasa información con la que contaban—. El caso es que han pedido asilo formal y el Consejo Ejecutivo de la Luna ha decidido aceptar provisionalmente la solicitud.

—¿De cuántos alienígenas estamos hablando? —preguntó otro soldado.

—No lo sabemos. La nave es de grandes proporciones y hasta donde sabemos podría haber miles de ellos en su interior —contestó la jefa de informática.

—¿Han dicho algo los xenebos? Quiero decir, su gobierno o lo que sea que tengan —inquirió el mismo hombre.

—De momento no. O al menos hasta hace doce días que es hasta donde sabemos —respondió ella—.  Pero no podemos descartar nada y por eso es que la Corporación Alma Solaris ha decretado el estado de alerta. No sabemos cómo van a reaccionar los xenebos y debemos estar preparados para todo.

Varias manos se levantaron y durante los siguientes minutos Denisse se dedicó a contestar inquietudes y a explicar los detalles de la situación.

—¿Qué va a pasar con ENA-4? —preguntó Johansson.

—Por ahora la estación ha quedado bajo nuestro mando y de momento solo les hemos dicho eso —intervino Owada—. En todo caso queda prohibida cualquier forma de comunicación entre esta nave y ENA-4, salvo las que sean autorizadas por mi persona.

Varias miradas se volvieron hacia él y hacia Johansson. Joel contestó con una mueca de indiferencia al implícito cuestionamiento contenido en las expresiones de sus compañeros.

—De hecho, debemos reducir al mínimo todo tipo de transmisiones que puedan ser eventualmente detectadas. Así que nada sale de la nave. ¿Entendido?

Varias cabezas asintieron.

—Eso es todo por ahora muchachos. Les mantendremos informados de cualquier cambio en la situación, pero por ahora vayan a sus puestos o a sus dormitorios según el turno que les corresponda —concluyó el capitán dando por terminada la reunión.

 

Joel investigó y descubrió que en verdad era muy poco lo que se sabía de los xenebos.

Por de pronto, eran criaturas terrestres. Eso no dejaba de llamar la atención ya que la mayoría de las especies con las que habían entrado en contacto eran acuáticas o anfibias como mucho. También eran bípedos y sus extremidades traseras eran gruesas y cortas mientras que las delanteras eran largas y delgadas. Lo que vendría a ser la cabeza estaba parcialmente hundido entre sus hombros. No poseían ojos, aunque todo su cuerpo estaba tapizado de pequeños receptores de luz visible y de otras longitudes de onda.

Lo que Joel supo unas horas después, y que el resto de la humanidad había aprendido hacía dos semanas, era que todo eso era mentira. Esos eran los mawam. Los xenebos eran unos afilados cristales que sobresalían del lomo de las criaturas, y que hasta ese momento habían sido confundidos con el cerebro del organismo. Según lo que se pudo averiguar del relato de los refugiados, los mawam eran perseguidos, puestos en cautiverio, torturados y castrados por los xenebos, para luego introducirles, de una forma particularmente sangrienta, uno de esos cristales en la base del cráneo. Eso los convertía inmediatamente en uno de sus opresores.

Pero este grupo de refugiados se habían sublevado y habían capturado la nave en la que los llevaban al sacrificio. Alrededor de sesenta mil mawam habían huido del espacio xenebos y ahora suplicaban la misericordia humana. Luego que unos equipos de científicos corroboraran la veracidad de lo que afirmaban, la Luna, con el apoyo de las naciones de la Tierra y del gobierno marciano, aceptaron otorgarles asilo.

 

—¿Qué crees que va a pasar? —le preguntó Johansson después de sorber un poco de café.

Los dos estaban sentados en la misma sala de reuniones donde días antes el capitán Owada les había informado de la situación con los xenebos. Esa sala, los transportes y el puente de mando eran las únicas dependencias de la fragata que contaban con gravedad artificial, así que podían tomarse un café tranquilos y sin miedo a que el contenido se desparramara en diminutas gotas flotando por todas partes.

—No lo sé. Pero si toca combatir espero que toda esta maldita tecnología que nos han vendido los aalekhi sirva para algo —señaló Joel.

Su compañero de armas resopló y esbozó una sonrisa, pero rápidamente cambió a una expresión de seriedad.

—Ya van dos días y no pasa nada —dijo Johansson.

—¿Extrañas a Greg?

Greg Wilson era uno de los científicos de la estación ENA-4 y era la persona con la que Johansson se había estado viendo durante las últimas semanas.

—¿Tu no extrañas a Ghada?

¿La extrañaba?, se preguntó. Por supuesto habría preferido estar fornicando con ella en vez de estar recluido en su cubículo o tomándose un café con un amigo desvelado. ¿Pero era solo eso? No podía negar que más de alguna vez se había encontrado a sí mismo pensando en Ghada y recordando los momentos que habían pasado juntos.

—Sí, un poco.

—Me gustaría poder hablar con él. No pretendo contarle nada secreto. Solo decirle que estoy bien.

—De veras que te enganchaste con el doctor Wilson, ¿no es cierto?

Johansson pareció incómodo con la pregunta y se pasó la mano por la barbilla.

—Pues sí. ¿Y a ti te gusta Ghada?

—Supongo que sí —replicó tibiamente. En realidad, seguía sintiéndose inseguro al respecto. Si al menos Ghada fuese un poco más atractiva, un poco como Denisse, pensó sin remordimiento alguno.

—Quiero hablar con el capitán y pedirle permiso para llamarlo. Pensé que si fuéramos los dos… —manifestó Johansson dejando la oración en suspenso.

—No lo sé. No creo que funcioné —opinó tras reflexionar un instante.

—Pero no perdemos nada intentándolo.

¿De verdad quería participar en aquello? Si, quizás le gustaría hablar con Ghada, reírse con algunos de sus chispeantes comentarios, y terminar haciendo el amor en su habitación. ¿Pero hacer todo un escándalo para lograrlo?

Por otro lado, estaba Johansson quien parecía muy angustiado por no poder ver a su Greg. No le costaría tanto hacer lo que pedía, aunque estaba seguro que sería inútil.

—Déjame pensarlo. Voy a hacer un poco de ejercicio y de ahí hablamos.

—De acuerdo —le respondió Johansson, no del todo conforme.

Joel se levantó, botó su vaso ya vacío en la esclusa de la basura, y salió de la sala común flotando en dirección al gimnasio, que no era más que un pequeño compartimiento con un par de máquinas. Estaba seguro que terminaría accediendo a la petición de su compañero, pero de todas formas necesitaba tiempo para pensar en lo que le dirían a Owada.

 

No hubo oportunidad para pensarlo mucho. Llevaba apenas unos minutos haciendo ejercicios cuando comenzaron a sonar las alarmas, virtuales y reales, y un aviso parpadeante apareció frente a sus ojos convocándolo de inmediato a la sala de reuniones. Con un paño húmedo se limpió el sudor de la frente y debajo de las axilas, y salió flotando por la escotilla que llevaba hacia el corredor principal.

Cuando llegó a la sala de reuniones todavía faltaban algunos y Owada conversaba en voz baja con Denisse, ambos al frente. Se sentó en el puesto que solía ocupar y se dedicó a estudiar el rostro de sus superiores que mostraban claros signos de preocupación. Johansson llegó unos instantes después y se sentó a su lado.

—Muy bien —empezó el capitán cuando por fin estuvieron todos—. Hace exactamente doce días, tres horas y veinte minutos una nave de guerra xenebos ha ingresado sin autorización en espacio humano y ha emitido un ultimátum a Marte, la Luna y los demás gobiernos para que entreguemos de inmediato a los refugiados mawam a los que hemos dado asilo. Nos han dado unas horas para contestar, pero el gobierno ha decidido no hacerlo y rechazar cualquier acto intimidatorio. Dada las actuales circunstancias todas las unidades de combate y todos los efectivos militares, bajo contrato público o privado, quedan a las órdenes del gobierno marciano y del Consejo Panhumano. Este Consejo Panhumano es un comité especial de los gobiernos que ha sido formado para manejar la crisis. El directorio de la Corporación Alma Solaris ha accedido a la solicitud. Por lo tanto, a partir de ahora, y hasta que se nos ordene lo contrario, somos una tripulación y una nave de combate de la República Marciana y nuestro nuevo código es URM-E680. Cada uno de ustedes está recibiendo un nuevo número de identificación que ya debiera estar disponible en sus implantes. ¿Entendido?

—Sí señor —respondieron la mayoría.

—Muy bien —continuó Owada—. Nuestras ordenes son dirigirnos de inmediato y a máxima velocidad al portal Araguaia y de ahí al punto de encuentro designado Rivendel, aunque por ahora los detalles son confidenciales. Señores, no sabemos lo que vamos a encontrar cuando lleguemos allá. Todos sabemos que nuestra información está desfasada en doce días y muchas cosas deben haber pasado en ese lapso. Confiemos en que todo se ha solucionado satisfactoriamente y todo esto resulte ser solo un molesto inconveniente, pero de momento debemos cumplir nuestras órdenes. ¿Entendido?

De nuevo hubo un asentimiento general.

—¿Alguna pregunta? —dijo Owada.

—¿ENA-4? —planteó Johansson visiblemente contrariado.

—Se les ha informado de la situación en términos generales.

—¿Los vamos a dejar atrás? —insistió.

—Afirmativo. No vamos a llevarlos con nosotros y de hecho estarán más seguros aquí que en cualquier otro sitio. Y sé lo que me vas a preguntar, Johansson, y no. No habrá comunicaciones entre nosotros y los civiles a partir de ahora. Nuestras ordenes, nuestra ubicación y nuestro destino son ahora secreto militar —sentenció Owada.

—Mierda —dijo Johansson en voz baja y solo Joel pudo escucharlo.

—¿Algo más? —preguntó el capitán.

Nadie más habló.

—Teniente Park, venga conmigo. El resto a sus puestos de trabajo y prepárense para partir —concluyó el capitán abandonando la sala seguido por Denisse y por Park, que era el ingeniero en jefe.

Luego salieron los demás, de a uno y en silencio.

Image Credit: NASA.

Licencia Creative Commons
El Último Horizonte de la Noche por Rodrigo Juri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en rodjuri.wordpress.com.

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