De 1949 a 1984 y Más Allá

Este artículo lo escribí por primera vez para el blog de la revista Próxima, de Laura Ponce, y luego fue reproducido por el Sitio de Ciencia Ficción, ya hace varios años. 

 

En 1949 la Unión Soviética hace estallar su primera bomba atómica. Tras derrotar a los nacionalistas de Chiang Kai-shek los maoístas proclamaban la fundación de la República Popular China. Pio XII desde la Plaza San Pedro excomulgaba a todos los comunistas y sus simpatizantes del pasado, presente y futuro.

Después de haber sobrevivido a la madre de todas las guerras y de haber sido testigo de las atrocidades cometidas por el nazismo alemán y el militarismo japonés, el ciudadano común de las democracias occidentales se hacía eco del temor de Pio XII observando impotente como un nuevo enemigo, quizás más intimidante que los anteriores, amenazaba sus esperanzas de felicidad y paz.

Fue en este ominoso ambiente de postguerra que ese mismo año dos novelas que tratan el tema del poder totalitario saldrían a la luz pública, con perspectivas distintas y con una suerte igualmente dispar. Una de ellas fue 1984, de George Orwell, obra que ha alcanzado enorme fama y el aplauso de las multitudes. La otra fue LOS HUMANOIDES de Jack Williamson, obra desconocida para el público general, pero tan apreciada como la otra por los miembros de una pequeña comunidad de lectores, la de los amantes de la ciencia-ficción.

En 1984 se nos muestra una alegoría del sistema comunista, aunque válida para cualquier forma de gobierno con pretensiones autoritarias, en donde un estado omnipresente controla hasta en el más mínimo detalle el comportamiento de sus ciudadanos. Como buena fábula la historia pretende dejarnos una enseñanza explícita, específicamente advertirnos sobre los peligros del totalitarismo y el marxismo en particular.

Por lo tanto lo que tenemos al frente es un escenario pesimista visto a través de los ojos de un protagonista, Winston Smith, que es proyectado en una trayectoria de colisión frontal con el Sistema. Finalmente el Sistema prevalece y el protagonista termina sometiéndose al punto de estar de acuerdo que merece un castigo por su subversión. No obstante aquí ocurre una ruptura entre el punto de vista del lector y el de Winston Smith, por cuanto entendemos que esta claudicación es la manifestación más perversa del Colectivo. La masa ha derrotado al individuo y eso nos repugna.

De esta manera Orwell también es derrotado por el paradigma modernista y positivista, diríamos newtoniano, donde existe una verdad absoluta que es independiente del punto de vista del observador; ella en este caso es que el Gran Hermano es el enemigo del libre albedrio. El bien y el mal existen y no dependen del cristal con que se les mire.

Muy distinta es la visión de Williamson. Aquí también tenemos una lucha entre la libertad del individuo y las pretensiones del bien común. Aquí también miramos angustiados como los protagonistas, haciendo uso de su libertad, eligen enfrentarse sin esperanzas a un Sistema omnipotente que pretende dominar a toda la humanidad.

Pero Williamson nos hace transponer la línea paradigmática y nos encontramos de pronto, junto al protagonista, del otro lado. No es un salto voluntario, claro, al igual que en 1984, pero acá sí que existe una reconciliación, breve pero completa, con la nueva forma de ver las cosas al punto que incluso nosotros dudamos si de verdad estuvimos en lo correcto en apoyar al protagonista en toda su actividad subversiva previa. Y el hecho sorprendente es que al aceptar nuestra nueva condición, la de simpatizantes del Sistema, nos encontramos plenamente libres, incluso más que antes, capaces de realizar todas los tipos de conductas que nuestro pensamiento considera moralmente correctas y de esperar (no aceptar necesariamente) un castigo si es que nos comportamos mal.

Williamson no pretende hacer una alegoría ni enseñar nada, sin embargo el mensaje es, en mi opinión, todavía más potente que el de Orwell; el Gran Hermano está en nuestro interior, nosotros mismos somos el enemigo cuando aceptamos algo como una verdad absoluta, cuando adherimos irrestrictamente a un sistema moral o a una ideología, y renunciamos a nuestro derecho de mirar la realidad desde todos los posibles ángulos disponibles. De esta forma hemos mirado bajo la capucha del inquisidor y del censor, y lo que vemos es nuestro propio rostro.

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