Otros Posibles Poemas en el Idioma de la Vida

El código genético es el lenguaje en que está escrito el libro del ADN que hay en cada una de nuestras células. Allí están señaladas todas las instrucciones para construir un ser humano, un saltamontes o las palmeras de una playa tropical. Para construir cualquiera de estos organismos se necesitan proteínas, ya sea como elementos estructurales o para llevar a cabo las diferentes reacciones químicas necesarias para crecer y mantenerse con vida.

El lenguaje del ADN tiene solo cuatro letras (Adenina, Timina, Guanina y Citocina), que se agrupan de a tres para formar las palabras, o codones, de cada página. Si continuamos con está analogía,  cada página del libro sería un gen que contendría las instrucciones de una proteína en particular, formada por cientos de aminoácidos. Así, cada codón determina un aminoácido específico.

Se dice que el código genético es redundante o degenerado. Esto es porque si juntamos de a tres las cuatro letras obtenemos 64 combinaciones. Pero todas las proteínas usadas por los seres vivos en la Tierra están hechas a partir de solo 21 tipos de aminoácidos. Esto significa que un aminoácido particular puede estar definido por uno, dos, tres y hasta cuatro codones diferentes, según el caso.

También se dice que el código genético es universal, y esto quiere decir que en todos los seres vivos sobre la faz de la Tierra los mismos codones determinan los mismos aminoácidos.

En ciencias, y en particular en biología, hay que tener mucho cuidado cuando se le da el carácter de “universal” a cualquier fenómeno. Es frecuente que el tiempo termine por demostrar que hay excepciones, o que incluso aquello que consideramos universal no sea más que un caso particular. Y por supuesto es lo que sucede con el código genético. No, el código genético no es universal, no importa lo que le hayan dicho en la escuela o en la facultad.

Para empezar están las mitocondrias, los elementos dentro de nuestras células encargados de realizar la respiración celular y obtener energía útil del azúcar que consumimos. Estas mitocondrias poseen su propio ADN que les permite reproducirse y realizar algunas de sus actividades con relativa independencia del núcleo celular. En nuestras propias mitocondrias se han descubierto cuatro diferencias en el código. Esto significa que si pusiéramos un gen de nuestro núcleo en la mitocondria obtendríamos una proteína diferente. Una que con casi toda probabilidad no serviría para lo que se supone que debería servir.

También se han detectado diferencias en algunos grupos de bacterias y levaduras. No siempre las alteraciones son las mismas, aunque algunas de ellas suelen repetirse. ¿Es razonable suponer que mientras menos diferencias en el código genético tengan dos grupos de organismos, mayor es su parentesco?

Esta es la lógica detrás de los estudios filogenéticos que comparan semejanza en las secuencias de ADN para establecer que tipo de organismos tienen un ancestro común. Pero una cosa es el ADN y otro el lenguaje en el que está escrito. Un método así no serviría para comparaciones triviales, digamos, entre vertebrados, porque todas las especies del grupo si que poseen un código genético común.

Pero si puede servir para establecer relaciones entre grupos realmente antiguos. Para aquellos que se separaron apenas poco después del origen mismo de la vida. Como por ejemplo, entre las bacterias que darían origen a las células modernas, y las bacterias extremófilas que viven en ambientes hostiles donde ningún otro organismo puede sobrevivir.

En una entrada anterior expuse los principios fundamentales de lo que se conoce como la hipótesis de la panspermia (aquí). Si el primer ser vivo del que descendemos todos los organismos de nuestro planeta no nació aquí, sino que en medio de nubes de gas alrededor de estrellas en formación, entonces es posible que toda una camada de sistemas solares, todos los que se formaron en la misma nube, hayan sido sembrados con descendientes de este organismo original.

Si encontramos seres vivos en otros mundos, aunque sean microbios, lo primero sería constatar que poseen ADN, y luego comparar su código genético con el nuestro. Si resulta ser completamente distinto (incluso podría incluir aminoácidos que no están presentes en la biología terrestre) entonces no se podría proponer ningún tipo de parentesco. No sería una mala noticia en todo caso; significaría que las condiciones físicas y químicas que se requieren para dar origen a la vida no son demasiado exigentes y entonces sería posible pensar en un universo repleto de formas de vida de todo tipo.

Pero si por el contrario, compartimos buena parte del código, eso implicaría un origen común. Podemos imaginar entonces a varios mundos en nuestra región de la galaxia con formas de vida existiendo en su superficie o en sus profundidades, todas ellas emparentadas, todas relacionadas. Todas con sutiles diferencias en sus códigos genéticos, con las que podríamos postular la existencia de un enorme árbol genealógico, extendido a lo largo de miles y miles de años luz, donde la vida en cierto lugar podría estar más vinculada con la que pudiera existir en un mundo y menos con la de otro.

En “El Último Horizonte de la Noche” he utilizado estos conceptos para construir la historia de la vida en algunos planetas de sistemas solares cercanos al nuestro. Está por ejemplo el caso de Esmeralda (aquí) donde los organismos que podemos encontrar allí presentan un código genético con una semejanza del 90% con el nuestro. Esta también el mundo de Ito, y otros más, de los que pretendo escribir más adelante, y quizás, finalmente, poder presentar mi propio mapa filogenético para la novela en cuestión. Sería un interesante ejercicio, por lo menos desde mi punto de vista como profesor de biología y amante de la ciencia ficción.

REFERENCIAS:

Andrzej Elzanowski, Jim Ostell. 2016. The Genetic Codes.

Image credit: NASA/FUSE/Lynette Cook

Licencia Creative Commons
El Último Horizonte de la Noche por Rodrigo Juri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en rodjuri.wordpress.com.

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