Panspermia; Sembrando Vida entre las Estrellas.

La panspermia como teoría es relativamente antigua. Recuerdo mi primera clase de biología en la universidad, allá a fines de los 80′, y ya entonces el profesor nos explicaba las distintas hipótesis sobre el origen de la vida. Sobre la panspermia señalaba que si bien era una idea plausible, era irrelevante ya que lo único que hacia era trasladar el problema fuera de nuestro planeta.

En cierto sentido tenía razón, por supuesto. Pero en otro, y con varias décadas de investigación de ventaja, me permito el atrevimiento de estar en desacuerdo. No creo que sea irrelevante si la vida se originó en la Tierra o en otro lugar del universo. Podría serlo sin duda si la única posibilidad fuera que los ancestros de los primeros organismos terrestres provinieran de un planeta similar y que hubieran llegado al Sistema Solar dentro de un meteorito o algo parecido. En ese caso la cadena de reacciones químicas requeridas para ensamblar todas las piezas de ese primer ser vivo podrían ocurrir en aquel mundo o en el nuestro indistintamente y efectivamente, lo que único que estamos haciendo es cambiando el escenario por sin alterar la trama fundamental de la historia.

Pero, ¿y si la vida se originó en el espacio mismo, en las densas nubes de gas interestelar? ¿Que si hay reacciones químicas imprescindibles para generar la vida original y que solo se pueden llevar a cabo en esas condiciones?
En nebulosas como la de Orión, Iris, y Sagitario B2 ya se ha detectado gran abundancia de numerosas moléculas orgánicas precursoras de ADN, de aminoácidos y de carbohidratos. Esto puede parecer similar al concepto de la “sopa primitiva” que habría existido en los océanos de la Tierra primigenia, y donde las moléculas orgánicas se habrían ido acumulando y reaccionando entre ellas hasta formar estructuras más complejas que finalmente dieron origen a un primer ARN capaz de catalizar su propia replicación.

Sin embargo, a la hora de considerar a las nubes de gas interestelar como posibles lugares de origen de la vida hay al menos dos problemas principales de las que hay que hacerse cargo. El primero es el efecto de la radiación UV, emitida por las estrellas cercanas, que es capaz de descomponer las moléculas complejas que se lleguen a formar. Pero estas nubes son ricas en polvo estelar, granos de hielo y micrometeoritos que pueden servir como santuarios que pueden proteger a estos compuestos y permitir su acumulación.

El segundo problema es la densidad de la materia. En un planeta, por efecto de la gravedad y la presión atmosférica, hay una mayor cantidad de átomos y moléculas por unidad de volumen, y esto facilita su interacción. Las reacciones químicas son frecuentes y nuevos compuestos son formados con mayor facilidad. Todavía más si esto ocurre en una solución que permanentemente mezcla los distintos productos conviertiéndolos en reactantes de nuevas reacciones.

Pero cualquier mundo donde esto pueda ocurrir resulta ser extremadamente pequeño al lado de estas nube de gas, que pueden llegar a tener decenas de años luz de extensión. Lo que una nebulosa no tiene en densidad lo tiene en dimensiones. Un colosal patio de juegos donde las piezas de lego flotan ingrávidas, chocando lentamente unas con otras, y eventualmente, uniéndose para formar estructuras cada vez más complejas.

Otro elemento que juega a favor de esta hipótesis es que las nubes de gas remanentes de una nova son ricas en átomos pesados, y están disponibles de forma mucho más temprana en la evolución de un sistema estelar. Los planetas no solo se formarán mucho después, sino que por su propia gravedad tenderán a esconder muchos elementos pesados en la profundidad de sus núcleos, dejando apenas algunas trazas de ellos en la corteza.

Desde la formación de nuestra galaxia, hace doce mil millones de años, que existen nebulosas y nubes de gas, formadas en torno a los restos de soles gigantes (y por lo mismo, de corta vida), y que a su vez han servido de cuna para nuevas generaciones de estrellas, más pequeñas y duraderas. El grueso de estas moléculas orgánicas, o posibles microorganismos que pudieran haber evolucionado a partir de ellas, que flotan en el espacio bien pudieron formarse en esos tiempos y pueden haber estado orbitando el centro galáctico desde entonces. Y al hacerlo, pueden haber estado sembrando innumerables sistemas solares, dejando tras su paso un sutil rastro de vida floreciente.

REFERENCIAS:

Science News. 2011. Astronomers discover complex organic matter exists throughout the universe.

Byrne, Michael. 2014. Astronomers Detect the Complex Molecules of Life in a Deep-Space Gas Cloud.

Atkinson, Nancy. 2015. ‘Ultimate’ Prebiotic Molecules Found in Interstellar Space.

The Daily Galaxy. 2010. Did DNA-Based Life Begin in Nebula & Interstellar Clouds?

The Daily Galaxy. 2012. Nebular Clouds –The ‘Engines’ of Life in the Universe?

Kornfeld, Laura. 2016. Organic Molecules found in Iris Nebulae.

Image credit: The University of Hong Kong / Background: Hubble image courtesy of NASA, C.R. O’Dell and S.K. Wong (Rice University)

Licencia Creative Commons
El Último Horizonte de la Noche por Rodrigo Juri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en rodjuri.wordpress.com.

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